Diagrama zodiacal de Metrodorto

Sobre la vida y la obra de Metrodoro de Escepsis (h. 150-71 a. C.) se han conservado muy pocos datos, pero bastan para saber que fue una gran personalidad. Brilló en el campo de la Retórica, pero también fue filósofo y político. «De Escepsis -dice Estrabón- vino Metrodoro, que cambió sus indagaciones filosóficas por la vida política, y enseñó Retórica, principalmente en sus obras escritas; y usó un estilo de nuevo cuño y deslumhró a muchos» Cicerón, que lo conoció personalmente, asegura que era un hombre eminente {summus) y que poseía una memoria «casi divina» (prope divina. La memoria de Metrodoro debió de ser una auténtica obra de arte, pues Plinio refiere que el arte de la memoria inventada por Simónides de Ceos (556-467 a. C.) «fue llevada a la perfección {consummata) por Metrodoro de Escepsis, que podía repetir lo que había oído con las mismas palabras». Como por Quintiliano sabemos que el sabio de Escepsis utilizó los signos del zodíaco y los grados de la eclíptica como loci («lugares») de su sistema mnemònico', tal vez esa sorprendente utilización del firmamento hizo pensar a Plinio que Metrodoro había llevado a la perfección el arte de Simónides.

Escepsis, la ciudad de la Tróade donde nació Metrodoro, pertenecía, desde hacía siglos, al ámbito cultural griego, y estuvo especialmente vinculada a Aristóteles desde que éste, con treinta y siete años de edad y tras haber pasado veinte en la Academia de Platón, se trasladó a la costa de la Tróade para poner las bases a su futura escuela". Esta vinculación no se interrumpió a la muerte del filósofo. Su importante biblioteca fue a parar a Escepsis, de donde pasó a Atenas el año 100 a. C.

También Metrodoro debió de trasladarse siendo joven a Atenas para seguir allí sus estudios, pues estaba afiliado a la Academia'. Debió de conocer a fondo la obra de Platón, al que por esos años el estoico Panecio llamaba «divino, sapientísimo, santísimo, el Homero de los filósofos». En la Academia predominaba por entonces la orientación, próxima al escepticismo, de Arcesilao de Pitaña (h. 315-240). Éste pretendía que ni los sentidos ni la inteligencia pueden aportar la evidencia en que debe descansar la ciencia. Pero como tenemos necesidad de algún criterio para la acción, Arcesilao creía encontrarlo en lo «razonable» {eulogon), que resulta de examinar las razones y contrarrazones del acto a realizar.

Arcesilao no fue sólo un crítico a ultranza del dogmatismo. Tras hacer pasar a sus alumnos por la Aporética, a los más aptos les llevaba a la Dogmática platónica: «Por delante. Platón; por detrás, Pirrón; en medio. Diodoro», decía irónicamente Aristón. O sea, Arcesilao enseñaba primero a dudar de todo, como Pirrón; luego se servía de la dialéctica megárica de Diodoro Crono para sostener la duda metódica; y, por último, exponía las doctrinas más típicas del fundador de la Academia. Como no es creíble que Arcesilao fuese inconsecuente, es de suponer que la enseñanza de los dogmas de Platón no era un pegote, sino que se basaba en aspectos especialmente críticos de la dogmática platónica, como, por ejemplo, la condición a la vez verdadera y falsa de la realidad fenoménica - que es y no es a un tiempo-, y la dialéctica, tanto negativa como positiva, del Uno que es y que no es, según la desarrolla Platón en el Parménides.

Metrodoro perteneció al período más esplendoroso de la Academia Nueva. Su representante más destacado era Carnéades (h. 214-135). «Todos los antiguos -dice Jean Brun- están de acuerdo en alabar la potencia espiritual de Carnéades, que [...] fue tenido por uno de los más importantes filósofos desde Aristóteles hasta Plotino. Era tal su talento oratorio que sus adversarios huían cuando le veían llegar». Carnéades admitía que sabemos que las cosas cambian -y con ellas nosotros-, pero no qué es eso que cambia. Tras hacer suya la crítica de Arcesilao al valor verificador de los sentidos, concluía que tampoco la razón puede demostrar nada, pues cada prueba necesita una demostración en que apoyarse y ésta otra a su vez, y así en progresión infinita. Al plantearse el problema de la acción, Carnéades se mostraba menos radical que Arcesilao. No es necesario implicar a la razón o a la coherencia lógica en la toma de decisiones. Para actuar correctamente no se requiere otra cosa que atenerse a infiabilidad de una representación, si podemos contrastarla con otras y no se nos antoja desconcertante.

Cicerón deja entender que los maestros de la Academia Nueva situaban en la cima del monte de la Crítica ciertos mysteria, acerca de los cuales decían a los profanos: non sokmus ostendere («no solemos mostrarlos»). Esos «misterios», que seguramente fueron conocidos por Metrodoro, trataban, tal vez, de la constitución del cosmos según el Timeo, la religiosidad astral que se describe en las Leyes y el Epinomis, la dialéctica del Uno del Parménides y la doctrina pitagorizante de los Números y las Ideas trascendentes. Todo ello unido, acaso, a alguna forma de amor platónico entre los iniciados. Aunque no sabemos cómo se daba el salto desde el mundo fenoménico -que siempre está deviniendo y nunca llega a ser- al trascendente de las Ideas y los Números -que es plenamente, pero no se puede percibir directamente-, por la expresión mysteria que emplea Cicerón se colige que ese ámbito supremo era enseñado sólo a los estudiantes más idóneos. Tal vez, al decir que Metrodoro poseía una memoria prope divina, Cicerón alude al carácter platónico de esa memoria, pues para el fundador de la Academia la «memoria» {anamnesis) es el órgano que permite al hombre elevarse al plano divino de las Ideas que el alma contempló en el cielo antes de encamarse.

Todavía en vida de Metrodoro, Filón de Larisa y, sobre todo, Antioco de Ascalón, que es elegido escolarca en el año 80 a. C., cambian el rumbo de la Academia, apartándola del criticismo antidogmático de Arcesilao y Carnéades, a fin de acercarla al estoicismo, el cual navegaba a velas desplegadas por el piélago de su omniabarcante y sistematizadora fase ecléctica.

El representante máximo del eclecticismo era, en tiempos de Metrodoro, el sirio Posidonio de Apamea, una de las inteligencias más poderosas y enciclopédicas de la Antigüedad. Hombre de conocimientos universales {polymathestatos), puede servirnos como referente, porque, al igual que el sabio de Escepsis, estaba muy interesado en asuntos cosmológicos y tecnológicos, así como en la utilización de imágenes mentales.

Posidonio tenía abierta escuela en Rodas, la patria de su maestro Panecio'", y ejerció una influencia enorme en el pensamiento romano. Séneca y Cicerón lo mencionan a menudo y elogiosamente. Noster Posidonius, familiaris noster, dice Cicerón, que debía de sentir por él una gran simpatía. Para escucharle, Pompeyo recaló en Rodas tanto a la ida, en el 67 a. C., como a la vuelta, en el 62, de su guerra victoriosa contra los piratas cilicios y el rey Mitrídates, de cuya íntima relación con Metrodoro trataremos más adelante.

Según Posidonio, el cosmos es un gran animal viviente que abarca todo lo que existe. Penetrando la materia eterna, el Fuego, que es a la vez Razón, Sabiduría y Ley suprema, hace brotar toda la diversidad de los seres, los cuales se escalonan jerárquicamente y se conectan entre sí como los anillos de una cadena. El maestro de Rodas piensa que todo lo existente es corpóreo, pero contrapone la corporeidad sutil y luminosa de los seres celestes a la pesada y grosera de los terrestres. Este dualismo de tierra y cielo es una adaptación de la distinción platónico-aristotélica de cuerpo y espíritu, de Dios y mundo. En su universo daba cabida, junto al panteón de los dioses helénicos, a una turbamulta de deidades y dáimones, ya visibles ya invisibles, lo que indica el universalismo de su teología. La mezcla de filosofía y politeísmo, con sus complejas jerarquías de dioses astrales, hace del filósofo de Apamea un precursor del medioplatonismo, el gnosticismo y el neoplatonismo". A la manera del cardenal de Cusa, Posidonio intentó, según E. Barker, una especie de concordantia catholica, que unía cielos y tierra, y hacía del gobierno terrenal una copia del celeste. Sus discípulos romanos no podían sino mirar con simpatía el espíritu universalista y armonizador de su filosofía, pues era el reflejo ideológico de su política imperial.

Del orden riguroso que existe en el cosmos -regido por la Razón y la Providencia divinas- deduce el filósofo de Apamea la posibilidad de la adivinación. Inclinado a creer en la magia, la astrologia y las profecías, Posidonio es llamado por san Agustín philosophus astrobgus y partidario de la doctrina del Hado estelar (fatalium siderum assertor).  En la mente de Posidonio la astrología no está, sin embargo, reñida con las matemáticas -como tampoco en la mente de Hiparco, el más famoso astrónomo de la Antigüedad-, ni con las tecnologías y un enciclopedismo ilustrado.

El hombre -microcosmos colocado como lazo de unión (syndesmos) entre el cielo y la tierra- se compone de un cuerpo terrestre y un alma (pneuma) celeste. Posidonio distingue en el alma, al igual que Platón, tres partes: una racional (hegemonikon) y otra irracional, que se desglosa en irascible y concupiscible. En el hegemonikon multiplica hasta doce las ocho funciones que en él habían reconocido los antiguos maestros del Pórtico. Apartándose del monismo radical de éstos, sostiene que no pueden venir de un mismo principio lo racional y las pasiones. Pero éstas no son vistas como vicios, sino como simples movimientos de la parte irracional. Las pasiones no deben ser extirpadas, sino sólo reguladas por la razón.

La inclinación al mal y la pasión desordenada corrompen el pneuma humano y aumentan la densidad anímica. Lastrada así para el vuelo final hacia las regiones del aither, el alma queda, tras la disolución del compuesto humano, cerca de las capas bajas de la atmósfera, en compañía de seres contaminados. Las almas puras se remontan, en cambio, a los altos espacios siderales donde gozan contemplando el maravilloso orden cósmico, según se relata de forma grandiosa en el Sueño de Escipión, que Cicerón tomó del filósofo sirio. Hay un innegable parecido de familia, advierte E. Bevan, entre el mundo de Posidonio «en el que las almas se elevan, a través de espesas capas de aire, a las esferas del éter divino, y los mundos de los gnósticos uno o dos siglos más tarde, en los que las almas se esfuerzan por abrirse camino, a través de las esferas de los Siete Planetas guardados por demonios, hacia la esfera de la luz y la beatitud en el más allá»'. Además de filósofo de altos vuelos, Posidonio predicó una moral elevada. Se adelanta al cristianismo en la reprobación de las riquezas -«Posidonio dice que las riquezas son causa de muchos males, no porque hagan nada, sino porque excitan a los que lo han de hacer» (Séneca, Ep. 87)-, la contraposición carne-espíritu -«la primera parte del hombre es la virtud, a la cual va ligada la carne inútil y floja, apta sólo para engullir alimentos, según dice Posidonio» (Ep. 92)-, y la concepción de la Ley como una Voz bajada del Cielo -«la ley [...] tiene que ser como una Voz que desciende del Cielo» (Ep. 94).

Posidonio creó un sistema en el que se engranaban armónicamente las tendencias espiritualistas y cientificistas de la época. El universalismo y el enciclopedismo de su filosofía brindaban categorías mentales que griegos, romanos, judíos y cristianos acogerán ávidamente para explicar sus creencias. Por su virtud aglutinante y por la altura de su moral, Posidonio «prepara -como ha dicho Victor Goldschmidt- el neoplatonismo, actúa sobre las corrientes gnósticas y herméticas, y proporciona elementos de doctrina y modos de expresión a la tarea de los apologistas y a la elaboración de la teología cristiana, desde Clemente de Alejandría hasta san Agustín».

Tras haber destacado el esplritualismo de su filosofía, debemos fijarnos en otra faceta del filósofo sirio, la del ingeniero mecánico, pues, como se verá, esa faceta sirve para establecer un marco de referencia de la mnemónica zodiacal de Metrodoro. En De natura deorum Cicerón menciona un mecanismo inventado por Posidonio: «Imagina que un viajero lleva a Escitia o a Britania el planetario que recientemente ha construido nuestro amigo Posidonio, ese planetario que en cada revolución reproduce los mismos movimientos del Sol, la Luna y los planetas que se producen realmente en el firmamento cada veinticuatro horas» (11 34).

En el capítulo 38 vuelve a aludir a ese curioso ingenio que, obviamente, no se ha conservado. Pero podemos formarnos una idea del mismo gracias a la descripción que hace el propio Cicerón de una esfera celeste mecánica construida por Arquímedes (anterior, por tanto, a la de Posidonio) y gracias también a un feliz hallazgo arqueológico. El asunto tiene su interés, no sólo porque el planetario nos muestra los avances tecnológicos a que se había llegado en el círculo del maestro de Rodas, sino, sobre todo, porque hay un cierto paralelismo entre la tecnología material de\ planetario de Posidonio y la tecnología inmaterial de la memoria zodiacal de Metrodoro. Tampoco debe pasarse por alto que el rey Mitrídates, patrón de Metrodoro, era muy aficionado a las innovaciones de la ingeniería militar.«Un día que Cayo Sulpicio Gallo -cuenta Cicerón- fue a visitar a Marco Marcelo [...] ordenó éste que se le trajera el globo o esfera celeste que su abuelo había traído de Siracusa, cuando conquistó esa opulentísima ciudad [en el año 212]. Aquel globo fue lo único que se llevó a casa del inmenso botín capturado en la ciudad. He oído mencionar muchas veces esta esfera a causa de la fama de Arquímedes, pero cuando la vi personalmente no me causó gran admiración, pues ya me era conocida otra esfera celeste, construida también por Arquímedes, y que el propio Marcelo colocó en el templo de la Virtud. Esta última es más bella y mucho más conocida de la gente» {De república I 21).

Cicerón menciona dos clases de esfera. Una era la colocada en el templo; de ella se dice que era la «más bella», destacándose, sin duda, por su carácter decorativo. La otra -la que se reservó para sí Marcelo- tenía, sin embargo, un mérito mayor, que no era reconocible a simple vista: «Este otro tipo más reciente de esfera celeste, en la que están trazados los movimientos del Sol, la Luna y las cinco estrellas llamadas errantes, contenía más cosas de las que podían mostrarse en la esfera sólida [la depositada en el templo], de manera que el invento de Arquímedes merecía especial admiración porque había concebido una manera precisa de representar, mediante un solo mecanismo que hacía girar la esfera, los variados y divergentes movimientos de los astros con sus diversas velocidades. Y así era que cuando Gallo movía la esfera, resultaba realmente verdad que la Luna se hallaba siempre, en el ingenio de bronce, tantas revoluciones por detrás del Sol cuantos eran los días que llevaba de distancia por detrás de él en el firmamento. Así un mismo eclipse de Sol ocurría sobre el globo o esfera de la misma manera que hubiera ocurrido en la realidad, y la Luna llegó al punto en que la sombra de la Tierra se proyectaba en el mismo momento en que el Sol fuera de la región... [a partir de esa palabra se calcula que faltan en el manuscrito unas ocho páginas]» (l 22).

Esta preciosa aunque mutilada información nos hace saber que en el siglo III a. C. ya existía una esfera que, mediante un mecanismo de relojería, reproducía con notable exactitud los diversos movimientos de los cuerpos celestes a partir del movimiento uniforme de la esfera de las estrellas fijas: «Pues cuando Arquímedes trazó sobre una esfera los movimientos del Sol y de la Luna y de las cinco estrellas errantes, consiguió lo mismo que el Dios constructor del Timeo platónico, que una revolución o movimiento circular gobernara movimientos muy desemejantes por su lentitud y rapidez. Cosa que si en este mundo no puede lograrse sin un Dios, ni siquiera en la esfera habría podido Arquímedes imitar esos mismos movimientos sin un ingenio divino» (Questiones Tusculanae I 25).

En efecto, según el Timeo el Demiurgo que dio forma a la turbulenta masa material utilizó dos sustancias, la de lo Mismo y la de lo Otro. La primera fue a parar a la esfera suprema u octava de las estrellas fijas; la segunda, a las otras siete planetarias. Lo que explica que el movimiento de la primera sea tan igual y los de las otras tan variados. La proeza del Demiurgo consistió en hacer que los diversos movimientos planetarios procediesen del uniforme de la octava esfera. Con su habilidad mecánica, Arquímedes hizo otro tanto, invitando así a reflexiones que iban más allá de la cosmología y la tecnología, pues Platón pensaba que cuando el hombre razona bien la mente efectúa movimientos semejantes a los de la octava esfera, pero cuando sus pensamientos están a merced de las engañosas impresiones sensoriales, entonces realiza movimientos poco armoniosos, como los de las esferas planetarias. Debemos agregar que cuando unas líneas después del citado párrafo de las Tusculanas trata Cicerón de la «memoria» de Platón, se pregunta «¿qué es la memoria de cosas y de palabras?», es decir, se le viene a las mientes el tema de la memoria artificial según sus dos apartados principales (memoria rerum, memoria verborum), y sólo una página antes menciona, a causa de su gran memoria, a «Escepsio Metrodoro, muerto hace bien poco» (el diálogo está fechado en el 45 a. C.).

El planetario de Posidonio no tenía seguramente nada que envidiar a la esfera mecánica de Arquímedes. Debió de ser un artefacto técnicamente más avanzado, pues no en vano había pasado más de un siglo muy fecundo en adelantos técnicos y astronómicos. La información de Cicerón no da para reconstruirlo, pero, afortunadamente, podemos hacernos una idea del mismo gracias a un hallazgo arqueológico. En el 1900 un pescador extrajo de un naufragio producido entre el cabo de Matapán y la isla de Antikythera un mecanismo de bronce, de 32 x 17 X 10 cm, que fue construido hacia el 90 a. C. [3 y 4], Tras ser analozado y reconstruido por Derek de Solla (Premio de la Universidad de Yale) en los años setenta, se ha visto que comprende 30 ruedas dentadas provistas de 15 a 225 dientes. Una de la ruedas va montada excéntricamente en un disco giratorio. Alrededor de la circunferencia van esferas graduadas en las cuales se podía leer, cuando el eje giraba y las manecillas se movían, informaciones paralelas sobre los ciclos astronómicos del Sol, la Luna, las estrellas fijas y los planetas, cuya posición establecía el mecanismo. De este modo, el ingenio reproducía la disposición del cielo en todo tiempo pasado, presente o futuro. El historiador de la arquitectura Henri Stierlin conjetura que era una forma primitiva de «computador» destinada a fines horoscópicos. Para confirmar esta interpretación, aduce el testimonio del poeta griego Nonno de Pannopolis (siglo V d. C.), el cual nos hace saber que el uso de esa clase de instrumentos era corriente en la Antigüedad.

El mecanismo de Antikythera es una muestra tecnológica del círculo de Posidonio, ya que en la cara exterior del estuche que lo contiene se puede leer una inscripción, de la que se han descifrado 793 letras, que es paralela a un texto del astrónomo Gèmino, tratadista de astronomía discípulo de Posidonio. La inscripción trata de astrometeorología y menciona los nombres de las constelaciones, los signos zodiacales y las fechas de los solsticios y los equinoccios. El planetario de Posidonio debía de sér un ingenio no menos complejo que el artefacto de Antikythera, pues sólo así se explica la celebridad de que gozó.

Nos hemos detenido en Posidonio no sólo por la enorme influencia que ejerció su pensamiento sino, en particular, porque vivió en el mismo arco temporal y geográfico que Metrodoro de Escepsis. Algo o tal vez mucho del enciclopédico espíritu posidoniano debía de circular por el diagrama mnemónico-zodiacal de Metrodoro, que era algo así como la contrapartida inmaterial del material mecanismo del sabio de Apamea. El universalismo que tanto se destaca en el escenario filosófico de la época tiene también su reflejo en el mundo de la alta política. Las dos potencias que, en tiempos de Metrodoro, representaban esa tendencia eran, de una parte, Roma, que ya había reunido los países ribereños del Mediterráneo occidental bajo su cetro y se disponía a hacer otro tanto con los del Mediterráneo oriental, y, de otra, el Ponto del rey Mitrídates VI Eupátor (120-63 a. C.), que soñaba con ser un nuevo Alejandro y aspiraba a unir los diversos pueblos de cultura helénica frente a la avasalladora Roma. Amigo de los hombres de letras, Mitrídates estuvo muy unido desde niño a Metrodoro y, como dice Apiano, «cultivó la educación griega, [...] conocía los ritos sagrados griegos, y amaba la música» (XII 112). En el abigarrado ambiente de su corte, Metrodoro era el representante de la cultura genuinamente griega. Con su cooperación, el rey esperaba seguramente helenizar la heterogénea amalgama de etnias y culturas bárbaras de que estaba compuesta su monarquía. El rey honró a Metrodoro haciéndole su consejero íntimo y le demostró su afecto llamándole «padre». Pero las resoluciones del rey eran a menudo extremosas. De sus arrebatos de crueldad no se libraron ni sus hijos ni sus esposas. Metrodoro fue también una de sus víctimas.

Antes del fatal encuentro con Pompeyo en el 66 a. C., Mitrídates tuvo que vérselas con Lúculo en su tercera guerra contra Roma (74-64). Además de grandes estrategas, Mitrídates y Lúculo fueron hombres de gran cultura. Se da la curiosa coincidencia de que ambos practicaban el ars memorativa. La memoria del rey se hizo proverbial. Plinio cuenta que dominaba las veintidós lenguas que se hablaban en sus reinos. ¿Había adoptado el método de su consejero y tutor? De ser así, se abren pasmosas perspectivas al diagrama de Metrodoro, ya que habría funcionado como método para aprender lenguas. Por lo que se refiere a Lúculo, Cicerón, que era muy amigo suyo, dice que poseía una «memoria divina de cosas» (divinam quamdam memoriam rerum) y lo compara a Temístocles. La alusión al general griego sugiere un paralelismo y un contraste. Al igual que Temístocles derrotó al rey persa, Lúculo derrotó al rey póntico, descendiente de Perseo y Andrómeda; pero mientras que Temístocles se negaba a aprender el arte de la memoria de Simónides, Lúculo era, en cambio, un hombre impuesto en ese arte, en un momento decisivo de su historia, a causa de la contribución «zodiacal» de Metrodoro.

En su tercera guerra contra Roma es cuando el rey del Ponto manda dar muerte a su consejero. La ocasión fue la siguiente. Enviado por Mitrídates, Metrodoro visita a Tigranes, rey de Armenia, para conseguir su ayuda contra los romanos. El armenio era un monarca poderoso; sus estados tocaban la frontera persa por el este y entraban, por el oeste, en Siria, Fenicia y Egipto.

«¿Qué me aconsejas tú personalmente, Metrodoro, en este negocio?», le pregunta el armenio. «Ya porque mirase por el interés de Tigranes, ya porque no quisiera la salvación de Mitrídates, le dijo que como embajador solicitaba su ayuda, pero como consejero le disuadía de darla

Enterado de tan ambiguo consejo, Mitrídates manda dar muerte a Metrodoro. Era el año 71. No obstante, «Tigranes honró su cadáver con espléndido funeral no reparando en gastos». Tan magníficas exequias revelan la importancia, incluso caído en desgracia y muerto, del sabio de Escepsis.

El recuerdo que Metrodoro dejó fue tan fuerte que Cicerón, al comienzo del invierno del 55, se hace eco del extraño rumor de que Metrodoro estaba todavía vivo (quem vivere hodie aiunt, dice en De oratoré'), si bien diez años después, en Questiones Tusculanae (l 24), emplea la vaga expresión de que ha «muerto hace bien poco». Como la fecha que da Plutarco de la muerte de Metrodoro (año 71) es la correcta y como también es cierto que Cicerón recoge un rumor que circulaba unos dieciséis años después, para armonizar ambas noticias se debe suponer que algunos pensaban que Metrodoro había vencido a la muerte o que, al menos, su memoria seguía viva. El rumor debió de surgir en círculos donde se practicaba su arte zodiacal, pues la victoria sobre la muerte era una proeza congruente con quien había situado su memoria en los loci incorruptibles de los cielos. Como quiera que sea, Metrodoro pasó a la segunda mitad del siglo I a. C. aureolado con el misterioso rumor de seguir vivo y, también, con la fama de «misorromano»", o sea de enemigo de los romanos, lo que explica el tono de desdén con que Quintiliano despacha su sistema mnemònico. El misorromanismo de Metrodoro pudo contribuir a que su método mnemónico-zodiacal se difundiese por el Próximo Oriente en ambientes donde se rechazaba la hegemonía de Roma.


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