El descenso y ascenso de las almas en el Mitraismo

El descenso del Logos-Mitra a la Tierra para nacer en una gruta (el cosmos) y su posterior ascenso triunfal acompañado del Sol eran el prototipo del descenso y ascenso de las almas, cuyas fases conocemos gracias a una información del Discurso verdadero de Celso (h. 170 d. C.), que fue transcrito y comentado por Orígenes hacia el año 248. Se encuentra en el pasaje del Contra Cebo donde se describe la sección planetaria del llamado «diagrama de los ofitas».

Caso excepcional, es ésta una noticia muy completa de la que debió de ser una de las doctrinas y liturgias principales del mitraísmo. Por ella sabemos cómo se producía la «encarnación» del alma al nacer y su liberación al morir. Los mitraístas no fueron, ciertamente, los inventores de esta doctrina, que el platonismo había popularizado y que Posidonio explicaba por ser el alma un hálito ígneo (anima infiammata) que tiende naturalmente a subir. Ahora bien, como el alma no es puramente espiritual, sino que su sustancia se hace crasa cuando se entrega a las pasiones, las almas de los hombres vulgares se tornan demasiado pesadas para ascender a las estrellas y se quedan flotando, hasta ser purificadas, en la hedionda atmósfera terráquea junto a los dáimones que la pueblan. El mito mitraico enriqueció esta visión al suponer que junto al portón de cada una de las esferas planetarias estaba apostado un arconte o gobernador, a fin de estorbar al alma en su vuelo, pues la naturaleza del arconte es hostil al alma, ya que ésta tiene, además de psique, una chispa ígnea de pneuma e intelecto, en tanto que el arconte es sólo psíquico o animal. El mitraísmo y, a partir de él, numerosas sectas gnósticas pretendieron garantizar el feliz pasaje por las aduanas planetarias enseñando las fórmulas o «sellos» que servían para franquearlas.

En el descenso del alma a la Tierra, los arcontes se encargaban de revestir la chispa noètica con los correspondientes caracteres psíquico-animales según iba cruzando sus dominios, hasta que, al encarnarse en la Tierra, los demonios más crasos la aprisionaban en un cuerpo hílico (material) o carnal. Servio describe así el descenso:

«Según las almas descienden, se van invistiendo del torpor de Saturno, la ira de Marte, la concupiscencia de Venus, la lujuria de Júpiter; todas esas adherencias producen confusión en las almas, de suerte que ya no son capaces de utilizar su propia potencia y sus propias facultades» {In Am. VI 714).

«De ahí resulta claro -comenta Hans Jonas- que lo que se adhiere al alma en su viaje hacia abajo posee el carácter de entidades sustanciales aunque inmateriales, que a menudo son descritas como "envoltorios" o "vestiduras". En consecuencia, el "alma" terrestre resultante es comparable a una cebolla con tantas capas como el propio modelo del cosmos, sólo que en orden inverso: la capa que está más fuera allí, está más dentro aquí, y luego que el proceso se completa con la encarnación, lo que está más dentro en el esquema esférico del cosmos, la tierra, es, desde el punto de vista corporal, la vestidura más externa del hombre. Que este cuerpo es una fatalidad para el alma había sido desde hacía mucho tiempo predicado por los órficos, cuyas enseñanzas fueron reavivadas en la era del gnosticismo»"'.

El Sueño de Escipión, opúsculo que procede de Posidonio o su entorno y es contemporáneo de la institución de los misterios de Mitra, describe cómo el alma en su descenso a la tierra se reviste de vestiduras adecuadas a la esfera planetaria que atraviesa. Y el gnóstico cristiano Basílides, nacido hacia el año 70 u 80, habla de los «apéndices» del alma, es decir, de las acrecciones de tipo pasional que se adhieren al alma racional. Un pasaje del libro X de la República pudo ser el pretexto de esta doctrina. Platón compara allí el alma «degradada por su comunidad con el cuerpo y por otros males» con Glauco, cuya naturaleza apenas si podían ver quienes le miraban, «porque los antiguos miembros de su cuerpo, los unos habían sido rotos y los otros consumidos y totalmente estropeados por las aguas, mientras le habían nacido otros nuevos por la acumulación de conchas, algas y piedrecillas, de suerte que más bien parecía una fiera cualquiera que lo que era por nacimiento; en esa misma disposición contemplamos nosotros al alma por efecto de una multitud de males» (611c-e).

Al retornar a su patria originaria, el alma debía ir desvistiéndose de esos aditamentos psíquicos. «Entrega a la Luna -comenta Cumont- su energía vital y nutritiva, a Mercurio su concupiscencia, a Venus sus deseos amorosos, al Sol sus capacidades intelectuales, a Marte su ardor guerrero, a Júpiter sus sueños de ambición, a Saturno su inclinación a la pereza. Se halla desnuda, libre de toda sensualidad, cuando alcanza el octavo cielo, para disfrutar en él, como esencia sublime, de la luz eterna donde habitan los dioses con infinita dicha»

Entre los mitraístas, y a su zaga los gnósticos y los herméticos, el ascenso del alma no era sólo un asunto de mera especulación, sino el modelo, dibujado en forma de diagrama (como se ve en el Contra Cebo), de una técnica ascético-purgativa. Atinadamente ha dicho Hans Joñas a este respecto:

«La topología externa del ascenso a través de las esferas, con el sucesivo desvestimiento del alma de sus envoltorios mundanos y con la recuperación de su original naturaleza acósmica, pudo ser "interiorizada" y hallar correspondencia en una técnica psicológica de transformaciones interiores por las cuales el yo, estando todavía en el mundo, pudiese conseguir el Absoluto como una condición inmanente, si bien temporal: una escala ascendente de estados mentales sustituye las estaciones del itinerario mítico: la dinámica de una progresiva autotransformación espiritual se corresponde con el empuje espacial a través de las esferas celestes. De ese modo, la propia trascendencia podía volverse inmanencia, de suerte que el entero proceso se convertía en espiritual y se ponía dentro del poder de la órbita del sujeto» {op. cit., pág. 165-166).

Como Celso y Orígenes dan a entender que hay un paralelismo entre la doctrina mitraica del descenso del Alma por las esferas y la cristiano-gnostica de la encarnación del Logos, se debe inferir que el descenso del Logos-Mitra a la Tierra se produjo en esos términos. Celso lo parafrasea así:

«Es también esto lo que deja entender la doctrina de los persas y la iniciación de Mitra observada entre ellos. En ella hay una figura que representa las dos órbitas celestes -la una es la fija [= la de las estrellas fijas o zodiacal], la otra es la correspondiente a los Planetas- y el tránsito del alma a través de ellas. Ésta es la figura: una escala de siete puertas, sobre la cual está la octava. La primera de las puertas es de plomo, la segunda de estaño, la tercera de bronce, la cuarta de hierro, la quinta de una aleación, la sexta de plata, la séptima de oro. Adjudican la primera a Cronos (Saturno), simbolizando mediante el plomo la lentitud de este astro; la segunda a Afrodita (Venus), comparando con ella el brillo y la blandura del estaño; la tercera, hecha de bronce y sóhda, a Zeus (Júpiter); la cuarta a Hermes (Mercurio), ya que el hierro, al igual que Hermes, resiste todo trabajo, es útil al comercio y de gran duración; la quinta, de Ares (Marte), proviene de una aleación desigual y variada; la sexta de plata y la séptima de oro, a Selene (Luna) y a Helios (Sol), respectivamente, ya que imitan sus colores» (VI 22.3-20).

Orígenes comenta:

«El [= Celso] examina seguidamente la causa del orden que ha seguido en la enumeración de los planetas, indicado simbólicamente por los nombres de las especies variadas de la materia. Agrega teorías musicales a lo que ha expuesto de la teología de los persas. Luego se empeña en añadir una segunda explicación, que también contiene consideraciones musicales. Pero me ha parecido fuera de lugar alegar aquí los textos de Celso sobre el particular» (VI 22.21-27).

Es una lástima que Orígenes no haya recogido esas informaciones que nos permitirían conocer qué doctrinas pitagóricas de tipo astronómico-musical había adoptado el mitraísmo.

Obsérvese que el orden en que aparecen los siete planetas en la escala mitraica no se corresponde con el tradicional de la astronomía, que los ordena según su relativo alejamiento de la Tierra, sino con el que presentan en la secuencia hebdomadaria: van del día del Sol, el domingo, al de Saturno, el sábado. Este orden obedece seguramente a exigencias de la liturgia, la cual se modificaría según el correspondiente día de la semana. Con la sección arcóntico-planetaria del diagrama de los mitraístas se pretendía no tanto impartir nociones de cosmología como representar una secuencia litúrgica y, sobre todo, ofrecer un soporte a un tipo de ejercitación espiritual mediante la cual llegar a dominar las pasionales y animalescas influencias planetarias.

El ascenso-descenso del alma por la escala de los dioses arcóntico-planetarios aparece también de forma relevante en tratados atribuidos a Hermes Trismegistos. En el Poimandres se describe así:

«Y de esta manera se lanza el hombre desde este momento [tras la disolución del cuerpo material] hacia lo alto a través del armazón de las esferas, y en el primer círculo abandona la capacidad de crecer y decrecer, en el segundo las arterías de la maldad, espíritu de engaño que en adelante carece ya de efecto, en el tercero la ilusión del deseo para lo sucesivo inoperante, en el cuarto la ostentación del mando desprovista de sus miras ambiciosas, en el quinto la audacia impía y la temeridad presuntuosa, en el sexto los apetitos ilícitos que produce la riqueza, en lo sucesivo inoperante, y en el séptimo la mentira que prepara las trampas. Y entonces, despojado de lo que había producido la naturaleza de las esferas, entra en la naturaleza ogdoádica [de la esfera de las estrellas fijas], sin poseer otra cosa que su propia potencia. [...] Éste es el fin bienaventurado que aguarda a los que poseen el conocimiento: llegar a ser Dios» {Poim. 25, 26).

Antes de arribar al cielo más elevado -el empíreo-, el espíritu debe, pues, atravesar las barreras que oponen a su vuelo las esferas de los cielos gobernadas por los arcontes. La relación de arcontes y planetas ya se encuentra en el Timeo y la consigna Filón, quien dice que el sol, la luna y las estrellas son «arcontes, no independientes, sino subordinados al Padre único de todas las cosas». Los exégetas apocalípticos y gnósticos relacionaron con ellos algunos oscuros versos de los Salmos donde se presenta a los arcontes como hostiles a Dios. En el salmo 82 (81) y en el 24 (23) la idea aparece más explícitamente.

Los vicios de que el alma se despoja en su ascensión se corresponden con los caracteres planetarios, y el fin de la ascensión es una horasis, una experiencia de la Luz, en la que se funde el alma con la Luz esencial del Pleroma. En La llave, otro tratado hermético, se afirma expresamente que la belleza de ese sumo Bien es imperecedera e incomprensible, y que «cuando tú no puedas decir nada más de ella, solamente entonces la verás. Pues el conocimiento que se adquiere de ella es divino silencio, cesación de todos nuestros sentidos». Más adelante se explica que «el vicio del alma es la ignorancia» -los planetas son diferentes modalidades de la Agnoia del Demiurgo arcóntico-, y lo que el alma debe hacer es llegar a conocerse a sí misma, tarea para la que las potencias astrales le podrán servir a modo de pedagogos, unos muy malos (los planetas) y otros muy buenos (las estrellas de la esfera ogdoádica del firmamento).


Ignacio Gomez de Liaño




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