El movimiento Cátaro: Los judíos del Languedoc

Las siguientes preguntas pueden servir de punto de partida natural para esta investigación: ¿bajo circunstancias irrumpe la Cábala a la luz de la historia, y cuál fue el carácter de la época en la que apreciamos por primera vez su presencia? En tanto fenómeno histórico dentro del judaísmo medieval, la Cábala surgió en Provenza o, para ser más precisos, en su parte oeste, conocida como el Languedoc. Y en este sentido el término «Provenza» se empleará en nuestro texto. De ahí se difundió en la primera mitad del siglo XIII a Aragón y Castilla en España, donde tuvo lugar su desarrollo más clásico. Constituye de este modo un fenómeno de la vida judía en el Occidente cristiano. No poseemos información histórica o testimonio directo de su existencia o difusión en las tierras del islam. Pero si tenemos una importante evidencia negativa. Abraham, el hijo de Maimónides, a diferencia de su padre tenía inclinaciones místicas, tal y como evidencia su obra Kifayat al 'abidin, que se conserva en lengua árabe y que ahora ha sido parcialmente traducida al inglés bajo el título The High Ways to Perfection. Escribió entre 1220 y 1230 y es evidente que no conocía nada de la Cábala y que su fuente de iluminación y edificación lo constituyó el sufismo del islam. En relación con la adopción de rituales sufíes, lamenta que « Israel haya sido despojado de su gloria para que se conceda a los no judíos». El tesoro místico del islam había sido destinado en su origen a la gloria y posesión particular de Israel, pero se perdió -concepción ésta que vale la pena tener en cuenta-. Lo que atrajo del sufismo a su amigo Abraham el Hasid y le hizo adaptarlo al judaísmo fueron precisamente los motivos del misticismo teosófico y de la iluminación hasídica, también presentes en los círculos contemporáneos de hasidim y perushim en Provenza, aunque en su caso no produjo ningún resultado cabalístico. Tres o cuatro generaciones más tarde, la influencia cabalística empezó a hacerse sentir también en tierras musulmanas. En la España musulmana, la Cábala no tuvo ningún papel significativo antes de que alcanzara su máximo apogeo alrededor del 1300 aproximadamente.
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En nuestra investigación no prestaremos atención a la evolución de la Cábala después de su paso a España. Aquí hemos de analizar sólo la fase inicial de este proceso. Por otra parte, examinaremos lo más atentamente posible la forma que tuvo antes de su adopción y enseñanza por parte de Yitshac el Ciego, así como el carácter que adquirió en su círculo. ¿En qué medida podemos sacar conclusiones a posteriori respecto a fuentes más antiguas? Todo lo que sabemos de los primeros cabalistas y de sus círculos proviene del Languedoc. En ciudades como Lunel, Narbona, Posquieres, y tal vez también en Marsella, Toulouse y Arlés, encontramos a las primeras personalidades cabalistas conocidas. Sus discípulos transfirieron más tarde la tradición a España, donde se arraigó en localidades como Burgos, Gerona y Toledo, y desde donde se difundió a otras comunidades judías. Respecto a Yitshac el Ciego, así como a los círculos cabalísticos íntimamente relacionados con él, poseemos, a partir del examen de los manuscritos disponibles, el material suficiente y en modo alguno desdeñable que proporciona una base sólida para la investigación. Por otra parte, el problema del origen de la Cábala y de sus comienzos «prehistóricos», que nos remontan a Oriente, se mantiene en toda su complejidad. Requiere -como veremos en el próximo capítulo- un examen más atento y, a pesar de algunos resultados concretos, no podemos renunciar por completo a la fórmula de la hipótesis.


El sur de Francia durante el período que aquí nos interesa -es decir, entre 1150 y 1220 era una región plagada de tensiones culturales y religiosas y uno de los centros principales de la cultura medieval. Para comprender el judaísmo de esta región. debemos considerarlo en el contexto de su medio y no contentarnos con los factores internos activos en aquel momento. Provenza, y en particular el Languedoc, era la sede de una cultura feudal y cortés desarrollada. Allí se estableció un contacto íntimo (a través de canales que ya no son perceptibles o que sólo hoy serian objeto de una investigación rigurosa) entre la cultura islámica que penetraba desde España y el norte de Africa y la cultura caballeresca de la Edad Media cristiana. En esta región la poesía de los trovadores alcanzó su mayor florecimiento durante el mismo periodo. Pero, además, el sur de Francia fue un área caracterizada principalmente por fuertes tensiones religiosas sin paralelismo con otros lugares de la cultura cristiana. En este período, entre muchos círculos del Languedoc, sobre todo en el área que engloba Toulouse, Albi y Cárcasona, no prevalecía el cristianismo católico, sino la religión dualista de los cátaros o albigenses, cuyo carácter fundamental ha sido, y no sin razón, objeto de controversia. A juzgar por las formas externas cabría pensar que se trataba de una secta cristiana que intentaba oponerse a la corrupción del clero y de la sociedad contemporánea mediante ideales que se suponía que eran más o menos los del cristianismo primitivo. Una línea de pensamiento alternativa, que hoy cada vez se acepta más, sostiene que nos enfrentamos a una religión que, aunque utilizara algunas nociones cristianas, subvertía los propios fundamentos de la cristiandad. Esta era, sin duda, la opinión de los adversarios de esta poderosa herejía, que sólo quedó extirpada después de una larga y cruenta cruzada de la Inquisición que, como sabemos, surgió con el fin de reprimir a aquélla.



También queda fuera de duda el hecho de que este movimiento no era autóctono del sur de Francia. Mantiene una relación directa con el movimiento de los bogomilistas búlgaros y sus predecesores dualistas. No obstante continúa siendo objeto de debate si hay algún tipo de filiación que se remonte al maniqueísmo (tal y como la Iglesia afirmaba) o si la enseñanza dualista y las formas específicas de organización de este neomaniqueísmo medieval proceden de otras fuentes. Otro problema difícil que aún se debe resolver es el de la posible supervivencia de influencias e ideas gnósticas, distintas a las del maniqueísmo, en la religión de los cátaros. No es tarea nuestra participar de esta discusión, que se ha reavivado con fuerza a causa de descubrimientos importantes en años recientes. No obstante la existencia de este movimiento religioso muy importante, de indudables tendencias anticatólicas, no puede ser sino muy importante para nuestra investigación. De igual manera, el judaísmo de Provenza disfrutó durante el siglo XII de un periodo extremadamente fructífero. Se desarrolló en un medio en el que la cristiandad católica en su forma ortodoxa tuvo que luchar por su simple supervivencia y donde había perdido gran parte de su influencia sobre amplios círculos de la clase feudal y caballeresca dominante y sus portavoces culturales, así como de amplios estratos de campesinos y pastores. Sin embargo, los intentos más recientes (desde la aparición de la primera edición alemana del presente trabajo) por demostrar influencias cátaras directas sobre las fuentes primitivas de la Cábala no son convincentes.


Este fue un fenómeno único en Europa occidental. Al parecer existió un vínculo estrecho entre los portavoces de la cultura secular -que alcanzó su cenit en la poesía lírica de los trovadores, aparentemente desprovista de tensiones religiosas- y este movimiento radical, que conmovió el corazón de las masas y atacó los fundamentos de la jerarquía y la autoridad de la Iglesia. Tolerado o incluso estimulado de manera activa por muchos de los grandes gobernantes feudales y la mayoría de barones, el movimiento se hizo fuerte; y se requirió la intervención del rey de Francia, que aquí perseguía sus propios intereses particulares, para que la cruzada contra los cátaros acabara en victoria y para quebrar la fuerza del movimiento. En el corazón de Occidente una secta, vinculada cuando menos por su estructura y es posible que también por su historia al mundo del gnosticismo y el maniqueísmo, fue capaz no sólo de establecerse, sino también de alcanzar casi una posición dominante en la sociedad.


Las viejas cuestiones que una vez determinaron la fisonomía de la gnosis marcionita volvieron a salir a la superficie, demostrando su indestructible validez. Con varios niveles de radicalismo, los cátaros opusieron el Dios verdadero, creador de lo inteligible y el alma, a Satán, creador del mundo visible. En su propaganda. alimentada por un profundo pesimismo respecto a la creación visible, intentaban mostrar a los «perfectos» (perfecti) un camino que condujera a la liberación del alma. Resulta interesante observar, como más de un historiador de la cultura ha señalado, que el radicalismo sin compromisos de la secta construyó un puente más sólido para la cultura secular, orientada positivamente hacia la vida en este mundo, que el que había erigido la Iglesia católica con su sistema gradualista tan receptivo al compromiso. Estas relaciones dialécticas han atraído la atención de muchos observadores de la situación doméstica que entonces prevalecía en Provenza y puede que también aporten luz sobre los problemas asociados al surgimiento de la Cábala. Resulta perfectamente concebible que la influencia que ejerció un movimiento tan importante como el catarismo se reflejara en un fenómeno que, a primera vista, parece estar muy lejos de él.

En aquella época, la herejía cátara no era. tal y como hemos visto, un asunto de conventículos cerrados. Toda la región estaba en un estado de conmoción. En las calles y mercados, los bonshommes -llamados perfecti, aquellos que eran capaces de tomar sobre si el yugo de las exigencias cátaras en toda su severidad y que de este modo servían como ejemplos vivientes predicaban contra la corrupción del clero católico, contra sus privilegios sociales y contra muchos dogmas de la Iglesia. Siguiendo la estela de Marción muchos de ellos ahondaban el abismo entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, considerándolos como revelaciones mutuamente excluyentes. Su antisemitismo metafísico no les impedía necesariamente participar en ocasiones en intercambios de ideas con los judíos que eran, al igual que ellos, adversarios del catolicismo. No obstante, resulta difícil juzgar cuánto hay de verdad en las acusaciones de algunos polemistas católicos del siglo XIII que reprochaban a los heréticos sus relaciones con los judios. Sin embargo, cuando se lee la interesante descripción del estado espiritual de la Provenza en aquel momento que expone Jean Giraud en el primer volumen de su importante Histoire de l'Inquisition au moyen áge, uno se convence de que es inconcebible que los judíos provenzales no hubiesen visto ni observado nada de la profunda agitación que estremecía la región. En Narbona y Toulouse, importantes centros judíos en aquella época, se produjeron disputas tormentosas y enfrentamientos constantes entre bandos hostiles. Precisamente en estas regiones hizo la Cábala su primera aparición. No obstante, hay que tomar en cuenta a este respecto que la herejía cátara no tuvo grandes puntos de apoyo en los centros judíos más importantes, como Narbona y Montpellier.

Las comunidades judías del Languedoc, al menos sus capas más elevadas, habían alcanzado un alto nivel de desarrollo cultural. La persecución de las cruzadas no los había afectado. En Marsella, Lunel, Béziers, Narbona, Perpiñán, Carcasona y Toulouse, florecía el estudio de la Torá y el Talmud. Narbona, en particular, podía exhibir una gran tradición de estudios judíos que abarcaba varias generaciones. Incluso antes del surgimiento de la Cábala, desde el siglo XI, los últimos midrashim tuvieron su origen o fueron corregidos en esta ciudad o en localidades vecinas. Este fue el caso de amplios fragmentos del Midrash rabbá sobre Números, del Midrash Bereshit rabbatí del Midrash Tadshe, de particular interés desde el punto de vista de la historia de la religión. No sólo revelan una predilección particular por ideas próximas o que dan continuidad a las doctrinas esotéricas del Talmud en sus formas más antiguas, sino que algunos de sus autores, sobre todo lo del Midrash Tadshe, estaban en conocimiento de fuentes literarias antiguas que ya no se conocían en ningún otro lugar. Así, se puede demostrar que el apócrifo Libro de los Jubileos ejerció una influencia significativa en el Midrash Tadshe, sin que hasta el presente hayamos podido determinar si el autor se basó en una tradición judía interna que ha dejado muy pocas huellas en Occidente o en fuentes cristianas. No obstante, resulta evidente que la producción agádica en el sur de Francia durante los siglos XI y XII, cuya sustancia se encuentra en estas obras, pudo servir de antesala al desarrollo posterior de la Cábala. Aún no se ha esclarecido de forma precisa la contribución de estas generaciones más antiguas del Languedoc a la cultura religiosa del judaísmo. Incluso si factores internos actuaron de manera independiente, debemos, sin embargo, tomar en consideración que fueron apoyados y estimulados por otros grupos judíos. Los hilos de la tradición se extienden no sólo de Narbona al norte de Francia y las tierras del Rin, con sus importantes centros de producción judía, sino también -y en esto me parece que hay que insistir- a Oriente, con el que existían estrechas relaciones comerciales. ¿Y quién puede decir qué ideas o fragmentos de ideas, qué tipo de cuadernos o partes de éstos, fueron transportados a lo largo de estos caminos y canales, llevando consigo los vestigios de una antigua materia literaria?

Podemos afirmar, en consecuencia, que la Cábala no surgió en un medio estancado, sino en uno lleno de conflictos y tensiones. Este tampoco era un medio atrasado respecto al desarrollo general del judaísmo. Abiertamente o de forma invisible había asimilado un rico bagaje de tradiciones.


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