La mística de la luz del Pseudo Macario

Extracto del libro Historia de la Mística de Hilda Graef, del Capitulo V dedicado a la teología mística de los Padres del Desierto

Las cincuenta Homilías espirituales atribuidas a Macario de Egipto son, junto con los escritos de Evagrio Póntico, el documento más antiguo sobre la mística de los primitivos monjes cuyas proezas ascéticas nos describe la Historia Lausíaca. Las Homilías espirituales son de autor desconocido; en su mayor parte pertenecen a un autor de finales del siglo IV y principios del V. Modernamente se ha supuesto a veces que procedan de los mesalienses, una secta mística condenada por el concilio de Éfeso (431), que exageraba la necesidad y el poder de la oración y despreciaba los sacramentos como medios, de salvación. Pero esta opinión no ha sido generalmente aceptada; las homilías pudieron muy bien ser coleccionadas y editadas en el círculo del gran místico ortodoxo Simeón, el nuevo teólogo (949-1022), y desde: entonces desempeñaron un gran papel en la historia de la mística cristiana.

La mística que predica Macario (para emplear el nombre tradicional) es la mística de la luz. Las Homilías comienzan con una interpretación mística de los cuatro animales de la visión de Ezequiel (Ez 1, lss; 20, 2ss), que son como símbolos del alma perfecta habitada por el Espíritu Santo: «El alma que llega a comunicar con el espíritu de su luz... se hace totalmente luz, totalmente rostro, y totalmente ojo, y no hay ninguna parte de ella que no esté llena de los ojos espirituales de la luz... porque en ella habita la inefable belleza de la gloria de la luz, que es Cristo.» Ésta es la meta a la que el autor de las Homilías quiere conducir a su discípulo, y esta visión será la que le guiará a través de todas las vicisitudes de la vida espiritual. Para alcanzarla ha de conocer ante todo dos cosas: la maldad del pecado y la omnipotencia divina, que es la única que puede liberar al hombre del pecado. Aun el mayor dé los pecadores puede aspirar a la vida mística, con tal que reconozca  su pecado y resueltamente se aparte de él, confiando en el Señor, «el verdadero médico». En un conmovedor pasaje Macario exhorta a su lector a que lo haga así: «Porque hasta un niño, tan débil para realizar cualquier cosa e incapaz de caminar con sus pequeños pies hacia su madre, puede sin embargo caerse y chillar y gritar porque la quiere. Y entonces la madre se compadece dé él, y al mismo tiempo se alegra de que el pequeño la quiera tanto. Y como él no puede ir hacia ella, ella, movida por los deseos del niño y por su propio amor hacia su hijo, lo levanta y dulcemente lo acaricia y lo alimenta. Esto mismo hace el amante Dios con el alma que ve hacia él y suspira por él.» Cuando el alma del pecador se vuelve así hacia Dios como un niño hacia su madre, entonces, «como el mismo Dios se mueve todavía más por su propio amor y ternura, se le une espiritualmente, llegando a ser, como dice el Apóstol, un solo espíritu con ella. Porque cuando el alma se confía en el Señor, él se compadece de ella y se le acerca amorosamente y se le une, y el alma se esconde en la gracia de Dios... Su pensamiento habita en la Jerusalén celestial, porque ha sido arrebatada hasta el tercer cielo, unida al Señor y sirviéndole.» Esta unión amorosa con Dios presupone también un constante esfuerzo dé parte del hombre. Debe renunciar completamente a sí mismo y abjurar de todas las alegrías mundanales-, de todos los cuidados materiales y de los vanos pensamientos. Si el hombre actúa así, Dios le dará la especial ayuda de su Gracia, que Macario resalta mucho más que algunos de los otros padres griegos. Porque la ascética activa no es suficiente para llegar a la unión mística. Como en san Juan de la Cruz, doce siglos más tarde, las Homilías enseñan también la necesidad de las purificaciones «pasivas», llevadas a cabo por el mismo Dios que, cuando quiere, «se hace fuego, que quema toda falta y cualquier afección externa del alma», porque «el don del Espíritu Santo, que el alma fiel está a punto de recibir, se obtiene únicamente con mucho esfuerzo y paciencia, con tentaciones y pruebas, porque la libre voluntad se prueba por medio de la aflicción». En esta ardua jornada hacia Dios el hombre, sin embargo, no está del todo privado de consuelo; porque Dios también «cuando él quiere, se hace inefable y secreta tranquilidad, de tal manera que el alma puede descansar en la paz divina; y cuando él quiere, es alegría y descanso, acariciándola y protegiéndola».

Este tranquilo estado es la precondición de la verdadera oración mística, cuando el corazón y la mente están pacificados «de tal manera que el alma, en la plenitud de su gozo, se presenta como un inocente niño». Una vez en este estado ya nada la turba, sino que el alma «se alegra sobre todas las cosas del mundo», porque al fin ve, como tema que ser, con los ojos de Dios. Si el hombre que ha alcanzado este estado no se siente satisfecho d!e sí mismo sino que insiste en la humildad y en el amor, alcanzará las experiencias del éxtasis «cuando el poder de Dios entre en él y purifique sus labios y su corazón y tome cautiva a su mente en el amor de Dios». Es sin duda una de las primeras y más lúcidas descripciones que tenemos del éxtasis. Comienza en el cuerpo, que queda sin movimientos, después alcanza al corazón y finalmente se apodera de la mente «en el amor de Dios». Una vez más Macario nos lo presenta en términos de luz: «la luz que brilla en el corazón ha abierto la luz más íntima, profunda y escondida (es decir, en lo profundo del alma) dé manera que el hombre entero se ve sumergido en esta suavidad y contemplación, no siendo ya señor de sí mismo, sino que se hace como un loco y bárbaro con este mundo por causa del amor excesivo y la suavidad y los misterios escondidos; de tal manera que el hombre durante este tiempo se ve liberado y alcanza su perfecta medida... pero después de esto se retira la gracia... y el hombre permanece en un camino inferior de perfección». Por tanto, la luz y la suavidad son la esencia de la experiencia mística que se nos acaba de describir: la mente es iluminada y las emociones son esclarecidas por la intensa suavidad del amor, mientras se suspenden tanto las actividades de los sentidos como las de la razón, y en todo lo que se refiere al mundo exterior el hombre se hace como «un loco y bárbaro», totalmente insensible a lo que ocurre a su alrededor.

Para alcanzar este estado no es en absoluto necesario abandonar todas las actividades externas. Ya hemos visto que los padres del desierto no solamente trabajaban con sus manos sino que tomaban parte en controversias teológicas; algunos incluso fueron nombrados obispos y tuvieron que abandonar su vida dé ermitaños. Porque «puede suceder que un hombre que esté ocupado todo el día se entregue a la oración durante una hora, y que el hombre interior se absorba en la oración en las infinitas profundidades del otro mundo con tal suavidad que toda su mente se vea alienada y cautiva, de tal manera que durante este tiempo se olvidan las preocupaciones terrenas porque se encuentran como llenos y cautivos de las cosas celestiales, infinitas e incomprensibles». Los éxtasis son generalmente de corta duración, de suerte que el hombre puede continuar su vida activa, «el cuidado de los hermanos y la administración de la palabra». Un estado todavía más elevado es el que los místicos posteriores llaman el «matrimonio espiritual», y que Macario describe según la teología metafórica que es típica de la mística de los padres. El alma que ha pasado a través de los éxtasis y que ha recibido los dones que acompañan a este estado de oración, tales como revelaciones especiales y el don de curar, no ha de contentarse con estas cosas por deseables que sean. Debe insistir «hasta que obtenga la unión perfecta, es decir el amor, que siendo inmutable e inquebrantable, hace a los que lo desean desprendidos y estables». La mayoría de los místicos posteriores, especialmente los dos grandes españoles, santa Teresa de Ávila y san Juan de la Cruz, insisten en la estabilidad del amor entre Dios y el alma en el último estadio de la vida mística antes de su unión final en el cielo. Macario lo describe con imágenes magníficas. Nos presenta a Dios como sentado en su trono, «en la ciudad celestial, pero totalmente inclinado hacia el alma en su cuerpo. Porque la imagen del alma Dios la ha colocado arriba en la ciudad celestial de los santos, Jerusalén, pero su propia imagen, la de la inefable luz de su divinidad, Dios la ha colocado en el cuerpo del alma. Dios le sirve a ella en la ciudad de su cuerpo, y ella le sirve a Dios en la ciudad celestial... porque el Señor es la herencia del alma, y ésta es la herencia del Señor».

Esta admirable descripción de la unión de Dios con el alma refleja perfectamente tanto la trascendencia como la inmanencia de Dios. La trascendencia está expresada por la imagen del trono de Dios en la ciudad celestial, la inmanencia por la propia imagen de Dios, impresa en el alma cuando está todavía en su cuerpo. Esta imagen es todo luz, y cuando el hombre se une a esta luz existe un perfecto y mutuo intercambio; Dios y el hombre se pertenecen mutuamente, pero no se identifican el uno con el otro. Se afirma a veces que todos los místicos son en el fondo panteístas de una u otra manera, convencidos de que en su elevada experiencia han llegado a ser una misma cosa con Dios y que han desaparecido! todas las diferencias. Macario insiste contra este punto de vista en los términos más claros. Al final de una de las cincuenta Homilías escribe: «Oh inefable gracia de Dios, que él entrega graciosamente a los creyentes, para que Dios habite en un cuerpo humano, y que el hombre sea como una hermosa casa para el Señor. Porque así como Dios ha creado el cielo y la tierra para que el hombre los habite, también ha creado el cuerpo y el alma del hombre como su propia casa, para habitar y reposar en ella... teniendo a la amada alma, hecha a su imagen, como su esposa... Él es Dios, ella no es Dios. Él es el Señor; ella, la esclava. Él es el Creador; ella, la criatura. Él, el Hacedor; ella, lo que ha sido hecho. No hay nada de común entre su naturaleza y la de ella; pero por su infinito, inefable e incomprensible amor y gracia le ha complacido habitar en su criatura racional, la más honorable y elegida.»

Dios permanece siendo Dios y el hombre es hombre hasta en la más íntima unión. Pero habiendo sido el alma creada según la imagen de Dios, se le puede muy bien llamar «una participación de la naturaleza divina», una participación por causa del inefable amor de Dios que ha elegido como habitáculo a su criatura racional. Esta inhabitación divina que sólo se realiza plenamente en el estadio más elevado de la unión mística es un mutuo servicio de Dios hacia el alma y del alma hacia Dios, una unión esponsal de amor entre la criatura y el Creador.



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