El simbolismo occidental

Egipto sistematizó en su religión y sus jeroglíficos el conocimiento de la doble estructura material y espiritual, natural y cultural del mundo. Con independencia o con relación, las civilizaciones mesopotámicas desenvolvieron sus sistemas, variaciones externas del único patrón interno universal. Respecto a la época en que algunos símbolos más importantes y complejos fueron creados, o al menos definitivamente organizados, hay discrepancias. Existen autores que proponen siempre las cronologías más largas. Por el contrario, Krappe opina que sólo a partir del siglo VII antes de Jesucristo comenzó en Babilonia el estudio científico de los planetas y su identificación con los dioses del panteón babilónico, aunque existen quienes llevan dichos principios a la época de Hammurabi (2000 a.C.) o antes. Así, el padre Heras, quien dice: «los protoindios, como han revelado las inscripciones, fueron los descubridores de los movimientos del Sol a través del cielo, lo cual fue el fundamento del sistema zodiacal. Su zodíaco tenía solamente ocho constelaciones y cada constelación se suponía que era una “forma de Dios”. Todas esas formas de Dios finalmente vinieron a ser deidades que presidían cada constelación; así sucedió en Roma, por ejemplo. Las ocho indias son: Edu (carnero), Yal (arpa), Nand (cangrejo), amma (madre), Tuk (balanza), Kani (saeta), Kuda (jarro), Min (pez)». El sistema dodecanario del zodíaco sólo aparece en la forma en que actualmente lo conocemos a partir del siglo VI antes de Jesucristo. La ciencia caldea y egipcia fue parcialmente asimilada por los sirios, fenicios y griegos. Estos últimos, en especial a través de sus sociedades de misterios. Herodoto señala, a propósito de los pitagóricos, la obligación que tenían de vestirse de lino «conforme a las ceremonias órficas, que son las mismas que las egipcias…».

Las mitologías de los pueblos mediterráneos alcanzaron un dramatismo, una plasticidad y un vigor que se expresaron en el arte tanto como los mitos, leyendas y poesía dramática. Bajo éstos se escondían los principios morales, las leyes naturales, los grandes contrastes y transformaciones que rigen el transcurso de la vida cósmica humana. Frezer señala que «bajo los nombres de Osiris, Tammuz, Adonis y Attis, los pueblos de Egipto y del Asia Menor representaron la decadencia y el despertar anual de la vida, y en particular de la vegetal». Los trabajos de Hércules, la leyenda de Jasón, las «historias» de la edad heroica helénica que inspiraron a los trágicos, tienen tal poder arquetipal que constituyen eternas lecciones para la humanidad. Pero junto al simbolismo y alegorismo mitológico y literario, una corriente subterránea avanzaba, como resultado del influjo oriental. Principalmente en el Bajo Imperio romano, cuando las fuerzas cohesivas del mundo clásico comienzan a disolverse, los fermentos hebraicos, caldeos, egipcios e indios se reactivan. El maniqueísmo dualista y antes ya el gnosticismo alcanzan una importancia amenazadora para el naciente cristianismo. Entre los gnósticos se utiliza el emblema y el símbolo gráfico para la transmisión de verdades iniciáticas. No eran creación suya muchas de las innumerables imágenes, sino recogidas con espíritu sincretista de diversos orígenes, especialmente semitas. El simbolismo se escinde hasta cierto punto de la doctrina unitaria de la realidad y aparece como una especulación espacial. Diodoro Sículo, Plinio, Tácito, Plutarco, Apuleyo revelan conocimientos simbolistas de filiación oriental. De otro lado, la ciencia aristotélica contenía también un intenso componente simbolista. La cristiandad oriental había recibido una vasta herencia simbológica, en Siria, Mesopotamia, Transcaucasia y Egipto. Asimismo, las colonias romanas que sobrevivieron a las invasiones nórdicas, en Occidente, conservaron muchos elementos de la Edad Antigua, entre ellos los símbolos tradicionales.

Pero el origen conocido, en la Antigüedad grecorromana, del amplio y complejo movimiento intelectual que da origen a los estudios sobre correspondencias entre los diversos planos de la realidad, y que a la vez se halla en los orígenes de la alquimia, tiene antecedentes más remotos. P. Festugière, en La Révélation d’Hermès Trismégiste, señala como primer hito –de nombre sabido– a Bolo el democriteano, autor del siglo III-II antes de Jesucristo, en cuya línea sitúa a diversos autores, helenísticos y romanos, entre ellos a Nigidio Fígulo (siglo I después de Jesucristo). Hay cierta conexión entre el hermetismo y el neopitagorismo, de un lado, y entre el hermetismo y el gnosticismo, de otro. Estas tendencias culminan en el siglo VII, en la obra titulada Libro de las cosas de la naturaleza, y continúan, por una parte, en Bizancio, y por otra, en el Islam. Respecto al simbolismo bizantino hemos de citar una obra anónima, que se cree del siglo XI, El jardín Simbólico, publicado por Margaret H. Thomson, que señala las analogías y parentesco entre esta obra y la abundancia de alegorías y símbolos de los preámbulos de las Actas imperiales bizantinas. En lo que concierne al Islam, hemos de citar, aparte del gran movimiento alquimista árabe, las obras del médico Rhazi († 923) y las de Ibn Zohr de Sevilla (1090-1162), autor del Libro de las maravillas. No puede dejar de aludirse al movimiento cabalístico, que surgió en los centros hebreos de Provenza (Bahir) y en Gerona, culminando en el Zóhar de Moisés de León († 1305), y cuyos textos, verdadera gnosis hebrea, abundan en simbolismo.

La concepción de analogía entre el mundo visible y el invisible también es patrimonio común a las religiones paganas del Bajo Imperio, la doctrina neoplatónica y el cristianismo, sólo que cada uno de estos grupos utiliza esos conocimientos para su finalidad. Según Eliade, a los que negaban la resurrección de los muertos, Teófilo de Antioquía indica las señales que Dios pone al alcance de los hombres por medio de los fenómenos naturales, comienzo y fin de las estaciones, de los días y de las noches, llegando incluso a decir: «¿No hay acaso una resurrección para las semillas y los frutos?». En su Carta LV , san Agustín señala que la enseñanza facilitada por medio de los símbolos despierta y alimenta el fuego del amor para que el hombre pueda superarse a sí mismo, y alude al valor de todas las realidades de la naturaleza, orgánica e inorgánica, como portadoras de mensajes espirituales por su figura y sus cualidades. De ahí se deduce la valoración que tuvieron todos los lapidarios, herbarios y bestiarios medievales. La mayoría de Padres latinos tratan de simbolismo, y como el prestigio de estos maestros de la Iglesia es extraordinario durante el período románico, se comprende que ésta sea una de las épocas en que el símbolo fue más vivido, amado y comprendido, cual subraya Davy. Pinedo alude al inmenso valor cultural, en toda la Edad Media particularmente, de la Clavis Melitoniae –versión ortodoxa del antiguo simbolismo–. Según el cardenal Pitra, trascrito por el autor mencionado, los conocimientos de esa clave se hallan en la mayoría de autores medievales. No nos es posible dar aquí un resumen de sus ideas, ni siquiera un estudio sintético de sus obras, pero deseamos citar –como libros esenciales del simbolismo medieval– las grandes creaciones de Alain de Lille, De Planctu
Naturae; Herrade de Landsberg, Hortus Deliciarum; Hildegarde de Bingen, Sci Via Domini, Liber Divinorum Operum Simplicis Hominis; Bernard Silvestre, De Re Mundi Universitate; Hugues de St. Victor, Didascalion, Commentarium in Hierarchiam Caelestem, etc. La Clave de san Melitón, obispo de Sardes, databa del siglo II después de Jesucristo. Otras fuentes del simbolismo cristiano son: Rabano Mauro, Allegoriae in Sacram Scripturae; Odón, obispo de Tusculum; Isidoro de Sevilla, Etymologiarum; Juan Escoto Eríugena, John de Salisbury, Guillaume de St. Thierry, etc. El mismo santo Tomás de Aquino habla de los filósofos paganos como proveedores de pruebas exteriores y probables a las verdades del cristianismo. Con respecto a la naturaleza íntima del simbolismo medieval, Jung señala que, para el hombre de ese tiempo, «la analogía no es tanto una figura lógica cuanto una identidad oculta», es decir, una persistencia del pensamiento animista y primitivo. Citemos como ejemplo curioso del simbolismo bizantino El jardín simbólico, de los siglos IX o X, editado por M.H.Thomson.

El Renacimiento se interesa también por el simbolismo, aunque de modo más individualista y culterano, más profano, literario y estético. Ya Dante había organizado su Commedia sobre fundamentos simbólicos orientales. En el siglo XV se hace uso especial de dos autores griegos de los siglos II o III después de Jesucristo. Son éstos Horapolo Nilíaco, autor de Hieroglyphica, y el compilador de Physiologus. Horapolo, sugestionado por el sistema jeroglífico egipcio del que en su tiempo habíase perdido la clave, intentó una reconstrucción de su sentido, fundándose en la figura y el simbolismo elemental de la misma. Un autor italiano, Francesco Colonna, escribe en 1467 una obra (publicada en Venecia en 1499) que alcanza éxito universal, Hypnerotomanchia Poliphili, en la cual el símbolo adquiere ya el sentido de movilidad y particularidad que lo distinguen en la Edad Moderna. En 1505 el edito de Colonna publica el Horapolo, que influye paralelamente en dos autores importantes, Andrea Alciato, autor de los Emblemata (1531), que despertaron en toda Europa una afición desmedida al simbolismo profanizado (Henry Green señala en su obra Andrea Alciati and his Books of Emblems, Londres 1872, más de tres mil títulos de emblemática); y Ioan Piero Valeriano, autor de la vasta compilación Hieroglyphica (1556). Todo el Quattrocento italiano atestigua en la pintura e interés por lo simbólico: Botticelli, Mantegna Pinturicchio, Giovanni Bellini, Leonardo, etc. que derivará, en los siglos XVI a XVIII, hacia lo alegórico. Puede decirse que, desde ese período final de la Edad Media, Occidente pierde el sentido unitario del símbolo y de la tradición simbolista. Aspectos muy diversos, síntomas de su existencia, son delatados esporádicamente por la obra de poetas, artistas y literatos, desde Juana de Udine a Antonio Gaudí, desde el Bosco a Max Ernst, pasando por William Blake. En el romanticismo alemán, el interés por la vida profunda, por los sueños y su significado, por el inconsciente, anima la veta de la que surgirá el interés actual por la simbología, que, parcialmente reprimida, se aloja de nuevo en los hondos pozos del espíritu, como antes de que fuera convertida en sistema y en orden cósmico. Así, Schubert, en su Symbolik des Traumes (1837), dice: «Los originales de las imágenes y de las formas de que se sirve la lengua onírica, poética y profética, se encuentran en la naturaleza que nos rodea y que se nos presenta como un mundo del sueño materializado, como una lengua profética cuyos jeroglíficos fueran seres y formas». Toda la obra de los autores de la primera mitad del siglo XIX especialmente los nórdicos, presupone un presentimiento de lo simbólico, de lo significativo. Así, Ludwing Tieck, en Runemberg dice de su protagonista: «Insensible desde entonces el encanto de las flores, en las cuales cree ver palpitar “la gran llaga de la naturaleza” [tema del Filoctetes, del Amfortas del Parsifal], se siente atraído por el mundo mineral».

Géneros innúmeros especializados conservan símbolos en forma traducida a lo semiótico petrificada, degradada a veces de lo universal a lo particular. Ya hemos hablado de los emblemas literarios. Otro género similar es el de las marcas de papel medievales y del Renacimiento. A su propósito, dice Bayley que, desde su aparición en 1282 hasta la segunda mitad del XVIII, poseen un significado esotérico. Y que en ellas, como en fósiles, podemos ver la cristalización de los ideales de numerosas sectas místicas de la Europa medieval. El arte popular de todos los pueblos europeos es otra cantera inagotable de símbolos. Basta hojear una obra como la de Helmuth T. Bossert para ver entre las imágenes los conocidos temas del árbol cósmico, la serpiente, el fénix, el barco funerario, el pájaro sobre la casa, el águila bicéfala, la división planetaria en dos grupos (tres y cuatro), los grutescos, rombos, rayos, zigzagues, etc. De otro lado, las leyendas y cuentos folklóricos han conservado la estructura mítica y arquetipal, cuando sus transcriptores han sido fieles, como en el caso de Perrault y de los hermanos Grimm. Asimismo, en la poesía lírica, al margen de las obras creadas dentro de los cánones de un simbolismo explícito, hay frecuentísimas afloraciones de motivos simbólicos que surgen espontáneos del espíritu creador. Tal vez el más emocionante ejemplo de obra literaria en que lo real, lo imaginario, el ensueño y la locura incluso se funden sea Aurélia de Gérard de Nerval (1854).


El simbolismo occidental El simbolismo occidental Reviewed by Yerko Isasmendi on 5:23:00 Rating: 5

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