La mística como iniciación

El misticismo es la repetición, es un retorno de la tradición en sentido propio, recuerdo involuntario de una realidad sepultada. Por eso una antología comienza en el momento del agotamiento de los ritos iniciáticos, cuando el individuo se separa de la comunidad y deja de ser modelado de forma natural por ella. No por casualidad el misticismo lleva a menudo a la creación de nuevas comunidades dentro del Estado o en sus márgenes: conventos, asociaciones de anacoretas, que tienden a restablecer las condiciones de una comunidad distinta y más arcaica, fundada sobre el cultivo del huerto o sobre la actividad que sustituye en un mundo urbano el espigueo de las tribus felices: la mendicidad, y donde queda restablecida la pureza de las costumbres (voto de castidad), la fusión de las voluntades (voto de obediencia), la indiferencia ante la ganancia y la acumulación de bienes (voto de pobreza). Es casto aquel que no dirige su deseo a un porvenir, sino que acepta la criatura presente, observó Símone Weil; así, el espíritu de obediencia y de pobreza sólo son posibles si el futuro no usurpa el presente. El regreso al estado de ánimo arcaico, esto es, al festivo abandono de la edad de oro, permite casi en cada caso recrear las bases económicas del comunismo primitivo o insertarse en sociedades ya formadas con tal fin. El misticismo se separa de la fuente misma de las sociedades modernas: del deseo de acumular riqueza y prestigio social. Así delinea Jack Lindsay el primero y máximo movimiento místico chino, el Tao: «en una civilización que ya no es unánime, de la experiencia iniciática: Los taoístas parecen de primeras negativos, nada encuentran de aceptable en la sociedad clasista y ansian un retorno al tribalismo primitivo; pero, si observamos más en profundidad, vemos que, queriendo o sin querer, utilizan la perspectiva de la igualdad de la gens sólo en la medida en que sirve para proporcionar una visión distanciada del mundo clasista. Desprecian el compromiso confuciano, con su esfuerzo de anular, moralizando, la situación social efectiva. Tienen una serie de emblemas del mundo unificado al que tienden: el bloque todavía por labrar, la cepa, el saco, el fuelle y una palabra que se traduce "caos". Ciertas palabras sugieren el mundo artesanal, como "fuelle". Otras quizás se refieren a clanes o héroes de clan que se resistieron al advenimiento de los reyes..., otras palabras sugieren cofradías corporativas de oficios... Uniendo el viejo sueño paleolítico con el esfuerzo alquímico por transformar la materia, los taoístas miraron al futuro».(1)

Una vez apagada la sed de prestigio, de riqueza, de seguridad, se desvanecen todas las enfermedades que lleva aparejadas, vuelve una espontaneidad en los actos que hace insensatos los problemas de la voluntad, de la fatigosa adecuación a un sistema de leyes. En efecto, el místico vuelve al estado anterior a la emanación de las leyes, cuando la costumbre sostenía al hombre sin que él se diese cuenta.

El eje de los tiempos paleolíticos, la iniciación tribal, ha sido interpretado, de acuerdo con las estrecheces mentales modernas, como entrenamiento para privaciones y sufrimientos, curso de instrucción en el patrimonio de nociones eclesiásticas, momento de antagonismo entre viejos y jóvenes, hombres y mujeres. Son éstos elementos espurios y que, si acaso, afloran en las iniciaciones más tarde.

La iniciación tenía por finalidad eliminar el miedo a los desastres, sustituyéndolo por la reverencia a la divinidad; los modernos han interpretado la quietud de los iniciados primitivos como una impasibilidad obtenida a través de un duro temple de la voluntad. El ascetismo se propone destruir las reacciones mecánicas, y, en los monasterios, en el aislamiento de los ascetas se ven resurgir todas las prácticas de las iniciaciones primitivas, desde la flagelación hasta las formas más complejas de tortura; los modernos han interpretado todo padecimiento voluntario como masoquismo. La iluminación es alegre y hace tan intensa la vida, que se asemeja al único regocijo concedido al no iniciado, el abrazo;los modernos han interpretado las metáforas eróticas como indicios de un desahogo sexual reprimido(2). El místico se pone fuera del mundo de la competencia por el prestigio y el poder, es decir, adquiere poder sobre el poder; los modernos y los degenerados entre los antiguos han cambiado esta paz por una búsqueda de poderes prácticos(3).

Ya en la antigüedad clásica, piensan algunos, los iniciados se procuran conocimientos del mismo tipo que los comunes, discursivos, adquiridos en los estudios profanos; otros creen que obtienen garantías de vida de ultratumba, pese a que los textos hablan claramente: Diodoro dice que los iniciados se hacen mejores; Sopatro de Apamea, que se emparientan con lo divino; Teón de Esmirna, que alcanzan la bienaventuranza y el favor divino.

Pero, a partir de la revolución científica, los equívocos se han multiplicado hasta el punto de que la definición psicológica del misticismo como estado de normalidad parece hiperbólicamente paradójica.

Para entender el misticismo es preciso, no sólo desembarazar la mente de los estereotipos cuya lista acabamos de elaborar, sino también reconstruir la antigua condición, el estado del que nacía todo misticismo, es decir, el mundo anterior a la revolución científica.Hoy, como suele decir Bertrand de Jouvenel, el hombre se ha vuelto completamente desplazable; por otro lado, su ambiente es intercambiable con casi cualquier otro, de suerte que está naturalmente dispuesto a un ascetismo al revés: ya por naturaleza, renuncia a los máximos bienes profanos —a la propia tierra como ente inconfundible, a la salubridad del aire, a un papel social no angustiante,a un trabajo razonable, a ropas y utensilios con estilo, a alimentos puros—. A cambio de su ascesis, de su renuncia a estos consuelos, no recibe, sin embargo, bienes espirituales, sino los materiales que casualmente se puedan producir en serie; debe someterse a la ascesis por fuerza (los niños no pueden, de todos modos, vagar aprendiendo y desempeñando tareas en la tienda o en el campo, no pueden jugar en la calle vigilados por la colectividad, ni bañarse en el torrente, ni educar a los nacidos tras ellos, pues su padre debe trabajar en la fábrica o en la oficina, vivir en una colmena entre extraños, renunciar a las aguas que no sean piscinas públicas, limitar los nacimientos; el padre que en el jardín de infancia, en el colegio o en la banda de coetáneos, reconoce formas de exilio, y en la soledad, una forma de encarcelamiento para sus hijos, sufre; si, en cambio, juiciosamente se ciega, vivirá satisfecho en la infelicidad). Los únicos que pueden sacar provecho de esa ascesis son los perfectamente desplazables, que llegan a crearse falsas necesidades que serán satisfechas. La inserción en este nuevo orden comporta instintos reprimidos, débiles, el hombre desplazable retrocede más acá de las pasiones. El místico las trascendía. Existe una semejanza entre los dos, precisamente porque el uno es contrario del otro: ninguno de los dos está sometido a los bienes naturales de la tierra.

Quienes han osado recorrer en los tiempos modernos la senda indicada por las obras místicas, primero han tenido que criticar la condición desarraigada, es decir, han encontrado un obstáculo más, otro peldaño de la escala, una mediación añadida a la cadena de mediaciones tradicionales. Para trascender el mundo es preciso que el mundo exista; para alcanzar lo sobrenatural es necesario que nos representemos lo natural. Por eso las dos mediaciones actualmente previas a todo conocimiento místico serán: primero, la crítica de la necesidad falsa, del consumo forzado, de la represión de la naturaleza;después, la configuración de la propia vida según el orden anterior a la modernidad. Este doble movimiento se percibe en todo místico moderno como premisa de sus conocimientos. La historia de Kierkegaard es conocida. Antes de él, Hólderlin tuvo que criticar en primer lugar el mundo del que «han huido los dioses», y luego recrear su lengua depurándola para que llegase a ser expresiva, y no míseramente comunicativa. Después, recibió como don las pasiones vigorosas y solemnes que lo ligaron con amor a Diotima: de este punto pudo partir, por la vía trazada en tiempos inmemoriales, hacia los conocimientos místicos, que le fueron prodigados hasta la locura. Hermán Melville primero hace en Redburn una crítica semejante a la de Marx; después recupera, en Omoo y White Jacket, las nociones de las pasiones, infernales y purgatorias; y finalmente las trasciende en el viaje iniciático de Moby Dick. Emily Dickinson puede medir en la soledad la plena extensión de los ímpetus pasionales, y después trascenderlos. Los cuadernos místicos de Kafka no se habrían escrito si él primero no hubiera reducido a cenizas el mundo burocratizado. Robert Musil demostró lo horrendo que es todo impulso místico que no va inmediatamente precedido por el baño de la doble mediación: «Si hoy alguien quiere llamar hermanos a los pajaritos, no debe quedarse en tales donaires, sino estar dispuesto a arrojarse a la estufa, a meterse en el suelo a través de una conducción eléctrica o a remover en lo hondo de las cloacas como si fuera un lavabo», se dice en el Hombre sin cualidades. Así, La connaissance surnaturel de Simone Weil no podría existir sin La condition ouvñére. Pasternak debía comprender cómo «lo que era metafórico se ha vuelto real», y alejarse de todo rasgo moderno para exponerse a la terrible furia de las pasiones y trascenderlas finalmente según los cánones de la liturgia de un modo que, aunque fuese sólo oscuramente advertido por quienes lo han exaltado por error, debería convertirlo en un worst seller.

Pero esta complicación impuesta por la historia moderna obliga a interrumpir, al menos con la Revolución francesa, una antología de los místicos occidentales; pues el carácter de la experiencia mística es totalmente distinto cuando el hombre no parte ya del dato natural, cuando lo inme diato no es ya la pasión ciega y plena, sino su cuidadosa represión y simulación.

Introduce a la lectura de los místicos del pasado una reconstrucción del distinto punto de partida, del distinto inicio de la iniciación, una reedificación del mundo que se puede llamar zodiacal, el cual, en su plenitud, coincide con el misticismo mismo, hasta el punto de que «en la historia de la religión griega, el "místico"... se nos presenta en las formas de un hecho festivo o, mejor dicho, de calendario».(4)

El fin de la antigua Humanidad queda marcado en el siglo XVIII por la aparición de un misticismo que no se distingue de la veleidad sincretista, de la mistificación, con Emanuel Swedenborg (que redujo las distintas nociones místicas recogidas por él a una propedéutica del perfecto funcionario).

William Blake y los dos «gnósticos de la Revolución», Louis-Claude de Saint-Martin y Antoine Fabre d'Olivet, responden ya a caracteres propios de nuestros tiempos.


Elemire Zolla





Nota 
1) J. Lindsay, A Short History of Culture from Prehistory to the Renascence, Londres, Studio Books, 1962.
2) 4. El compendio de los prejuicios eróticos mezquinos sobre el misticismo, el tratado de James Leuba (The Psychology ofthe Religious Mysticism, Londres, Paul, Trench, Trubner & Co., 1925), avaló la opinión de que los místicos son ingenuos que sin saberlo caen víctimas de su sensualidad, como si san Buenaventura no hablase de aquellos que «in spiritualibus carnalis íluxus liquore maculantur». San Juan de la Cruz y santa Teresa hablan explícitamente de este tema, pero no se detienen en él, y lo tratan sin temor. La psicología contemporánea ha demostrado que los movimientos sexuales son consecuencia de una emoción que se desarrolla en todos los sentidos, dato que se conecta mejor con la idea de redundcmtia, familiar para san Juan de la Cruz. El movimiento erótico es secundario, y desaparece cuando se llega a la perfección (véase Louis Beirnaert, «La Signification du symbolisme conjugal dans la vie mystique», en Mystique el Continence, travaux identifiques du Vil congrés international d'Avon, Brujas, Desclée de Brouwer, 1952, pág. 386). Hoy es casi imposible que alguien se desprenda de la obsesión sexual, en la misma medida en que el erotismo se ha aridecido y convertido en un deber. Se capta esta materialidad en las poesías del Hermano Antonino, un fraile beat («Anúlame en mi virilidad, Señor, dame / el sexo de la mujer y hazme débil / si gracias a esa transformación total / puedo conocerte mejor», véase Evergreen Review, 1959).
3)En un relato de 'Abdallah al-Yáfi'I (Rawd, 238), un faquir le pide a un jeque que le desvele el nombre secreto de Dios, cuyo conocimiento hace omnipotente. El jeque le pregunta si es digno de ello, y él responde que sí. El jeque le pide que vaya a la puerta de la ciudad y le cuente todo cuanto vea en ella. Allí ve pasar a un viejo con un asno cargado de leña. Un soldado arremete contra el viejo, le roba y lo echa. Cuando el faquir se lo cuenta al jeque, éste le pregunta qué habría hecho él si hubiera poseído el nombre secreto. «Habría hecho justicia con el soldado», responde el faquir. Y el jeque le dice: «Ese viejo es el que hace años me reveló el nombre secreto de Dios».
4) K. Kerényi, Die Geburt der Helena, Zurich, Rhein, 1945.





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La mística como iniciación La mística como iniciación Reviewed by Yerko Isasmendi on 6:40:00 Rating: 5

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