La psicología empírica de Ficino y sus orígenes

Al ser una noción central en la astrología y la psicología ficinianas, el espíritu es objeto de una atención particular por parte del platónico Careggi. Casi podría decirse que en cada uno de sus tratados formula una definición, procurando siempre evitar la repetición literal y expresándose con nuevos giros lapidarios y rebuscados.

En su Teología platónica (VII, 6) dice así: «El alma, siendo purísima, se acopla a este cuerpo denso y terrestre, que le es tan lejano [por su naturaleza], por mediación de un corpúsculo muy sutil y luminoso, llamado espíritu, generado por el calor del corazón en la parte más tenue de la sangre desde donde penetra en todo el cuerpo. El alma, insinuándose con facilidad en este espíritu que se le parece mucho, se propaga primero por él y, luego, habiendo penetrado por su mediación en todo el cuerpo, confiere a este último vida y movimiento, haciendo así que sea vital. Y, a través del espíritu, reina sobre el cuerpo y lo mueve. Y todo lo que se transmite del cuerpo al espíritu lo percibe el alma misma, que está presente en él. A este acto lo llamamos percepción. Después, el alma observa y juzga esta percepción, y esta observación se llama fantasía!».

Se dan más detalles en e! tratado De víta sana´: e! espíritu está «definido por los médicos como un vapor sanguíneo, puro, sutil, caliente y luminoso: Producido por el calor del corazón a partir de la sangre más sutil, se eleva hacia el cerebro y sirve al alma para ejercer activamente los sentidos internos así como los sentidos externos».

La definición más rebuscada es la del tratado De víta coelítus comparanda: e! espíritu es «un cuerpo muy tenue, casi un no-cuerpo y casi ya alma; o casi una no-alma y casi ya cuerpo. En su composición, hay un mínimo de naturaleza. terrestre, un poco más de naturaleza acuática y más todavía de naturaleza aérea. Pero el máximo pertenece a la naturaleza del fuego estelar [... ]. Es todo él luminoso, caliente, húmedo y vivificante [... ]».

En cuanto a la teoría de la imposibilidad de conocer sine conversione ad fantasma, esto es, sin reducir el lenguaje sensible al lenguaje fantástico, queda enunciado en este fragmento de Sopra lo Amore, o comentario sobre El banquete de Platón, (VI, 6): «Sirviéndose de los instrumentos de los sentidos, [el espíritu] capta las imágenes de los cuerpos externos; ahora bien, el alma por sí sola no puede percibir estas imágenes directamente ya que la sustancia incorpórea, superior a la del cuerpo, no puede ser inducida por ellos a recibir imágenes. Presente en todo el espíritu, el alma puede con facilidad contemplar en él las imágenes de los cuerpos, que relucen en él como en un espejo. Sólo a través de estas imágenes puede apreciar los cuerpos mismos».

La metáfora del espejo aplicada al pneuma será objeto de nuestro estudio, de manera más detallada, en el capítulo dedicado a las purificaciones teúrgicas (ver cap. IV, 1 Y 3). Pero no resulta inútil recordar que, para que un fantasma pueda formarse sobre la superficie lisa y luminosa del espíritu, es necesario, ante todo, que un objeto sea visto y que su imagen sea llevada hasta el sentido común por los canales pneumáticos. Es evidente que el fantasma no sólo es visual, o audiovisual, sino que se podría decir que es sinestésico: ha sido engendrado gracias a la colaboración de varios sentidos o de todos ellos al mismo tiempo. Sin embargo, la vista tiene ciertamente el papel más importante en la formación del fantasma: ésta es una de las razones que hacen que sea considerada, en toda ]a tradición platónica, como «el más noble de los sentidos».

Recordemos que, según la teoría óptica de Platón, la imagen se prducía mediante un circuito que devolvía el rayo visual proyectado por los ojos al lugar de donde procedía, y de allá, lo enviaba al cerebro. Aristóteles simplificaba esta teoría, ya que no aceptaba que un rayo ígneo pudiese salir por los ojos. Los estoicos y los médicos pneumáticos han escogido una de estas dos posibilidades. Para unos, como Epicteto o Galeno -pero también para un contemporáneo de Epicteto, el platónico Plutarco de Queronea (Quaestiones conviv., V, 7)-, el pneuma va más allá del órgano sensorial para entrar en contacto con el objeto sensible y devolver su imagen al hegemonikon. Para otros, esta imagen se propaga por el aire circundante.

Ficino sigue la opinión de Platón y Galeno: en la acción de ver, el «fuego interno» se exterioriza por los ojos, mezclado con el vapor pneumático e inclúso con la sangre sutil que ha dado consistencia al espíritu. Confirma esta teoría el mismo Aristóteles al relatar que cuando las mujeres que tienen la regla se miran en un espejo dejan sobre su superficie unas gotitas de sangre. Y claro está, sólo puede tratarse de la sangre sutil que ha sido arrastrada por los ojos con el pneuma (Am., VII, 4).

Este fenómeno origina dos actividades espirituales emparentadas: el mal de ojo y el amor. El profano, ya sea el que provoca la infección o el que la sufre, no es consciente de lo que ocurre. Basta con que alguien le mire: el rayo pneumático lanzado por el otro penetrará por sus pupilas en su organismo espiritual y, al llegar al corazón, su centro, producirá una perturbación e incluso una lesión que puede degenerar en una infección sanguínea. En el caso opuesto, cuando el sujeto queda fascinado, por ejemplo, por los bellos ojos de una mujer y no se cansa de contemplarlos, emite por sus pupilas tanto espíritu mezclado a la sangre que su organismo pneumático se debilita y su sangre se espesa. El sujeto languidecerá por falta de espíritu y hematorrea ocular (Am., VII, 4).

Las «flechas de amor», que tanto considerarán los poetas de la Pléiade, no eran para Ficino meras metáforas: llevaban unas puntas pneumáticas invisibles capaces de producir grandes estragos en la persona herida. ¿No había dicho ya Platón que el amor era una especie de enfermedad ocular (ophthalmia: Fedro, 255c-d)? Y ¿no atribuía Plutarco a la vista una «fuerza maravillosa»?

En cuanto al «mal de ojo», fascinación o jettatura, su etiología es la misma: '«La fascinación es una fuerza que, partiendo del espíritu del fascinador, entra en los ojos del fascinado y se introduce hasta en su corazón. El espíritu es pues el instrumento de la fascinación; emite, por los ojos del cuerpo, unos rayos parecidos a él mismo y lleva consigo la virtud espiritual. De este modo, los rayos que parten de ojos legañosos y rojos llevan consigo el vapor del espíritu y.la sangre corrompida cuando encuentran los ojos del que mira y, por este contagio, estos ojos que miran quedan obligados a contraer la misma enfermedad». Así se expresa Agrippa de Nettesheim,' según Ficino; pero tanto Jerónimo Cardan o como Della Porta y Juan Wier comparten la misma opinión, mientras que Leonardo de Vinci, que también adopta los mismos puntos de vista, nos informa sobre la existencia de aquellos que sostenían la imposibilidad de tal fenómeno ya que, decían, «del ojo no puede emanar ninguna fuerza espiritual porque esto gastaría su propia virtud visual [... ]. Aunque fuera tan grande como el cuerpo de la tierra, se gastaría mirando las estrellas». Leonardo opone a estas teorías, entre otros argumentos, la creencia popular -compartida también por Ficino- de «que las mujeres vírgenes tienen en sus ojos el poder para atraer el amor de los hombres».

La infección generalizada de la sangre y la hematorrea ocular sólo son los efectos menos sutiles del eros. Es en el estudio de los mecanismos fantásticos donde la psicología empírica de Ficino nos ofrece sus análisis más interesantes.

Siguiendo los mismos trayectos pneumáticos que la contaminación sanguínea, circulan también imágenes que, en el espejo de] sentido común, se transforman en fantasmas. Si el eros esta obrando, e! fantasma del objeto amado lleva una existencia propia tantomás inquietante cuanto que ejerce una especie de vampirismo sohre todos los otros fantasmas y pensamientos del sujeto. Ésta es una dilatación mórbida de su actividad que, por sus efectos, puede llamarse al mismo tiempo concentración y posesión: concentración porque toda la vida interior del sujeto se reduce a la contemplación de un solo fantasma; posesión porque este monopolio fantástico es involuntario y porque su influencia colateral sobre las condiciones psicofisicas del sujeto se encuentra entre las más deletéreas.

Ahora bien, resulta interesante queel objeto del amor sólo tenga un papel secundario en el proceso de instauración del fantasma: sólo es un pretexto, y no una presencia verdadera. El objeto verdadero del eros, siempre presente, es el fantasma que se ha apropiado del espejo espiritual y ya no lo deja. Pero este fantasma representa una imagen percibida que ha ido más allá del umbral de la consciencia, aunque la causa de estas dimensiones obsesivas se encuentre en la parte más profunda del inconsciente personal. Ficino piensa que no nos gusta otro objetivo, un ser que nos sea extraño, y así anticipa lo que será la psicología analítica de C. G. Jung (Am.,VI, 6): quedamos seducidos por una imagen inconsciente.

«El amante esculpe en su alma la cara del amado. De este modo, el alma del amante se convierte en el espejo donde reluce la imagen del amado»: Amans amati suo figuram scu/pit in animo. Fit itaque amantis animus specu/um in qua amanti re/ucet imago (Am., n, 8). Esto nos lleva a una dialéctica amorosa bastante complicada: el objeto se transforma en sujeto al desposeer completamente al sujeto mismo, y este último teme angustiosamente ser anonadado, porque se ha quedado sin su condición de sujeto, y reclama con desespero su derecho de tener alguna forma de existencia.

El fantasma que monopoliza las actividades del alma es la imagen de un objeto. Ahora bien, puesto que el.hombre es alma, pero un alma completamente ocupada por un fantasma, resulta que el fantasma es, en adelante, el alma. De ahí que el sujeto, desposeído de su alma, ya no sea un sujeto: el vampiro fantástico lo ha devorado interiormente. Pero también se desprende de estos hechos que el sujeto se ha transferido al fantasma -que no deja de ser la imagen del otro, del amado-o Así pues, metafóricamente se puede decir que el sujeto se ha transformado en el objeto de su amor.

Extraña situación, y sin ninguna salida, si continúa así: una persona sin alma languidece y se muere (sutilmente, Ficino no llega a representar lo que le ocurre al alma después de su muerte; sólo afirma que el amado existe por partida doble mientras que el amante ha dejado de existir). Sin embargo, existe una solución: que el amado acepte, a su vez, la oferta de amor. En este caso, permitirá que el fantasma del amante penetre en su aparato pneumático, que se instale y ocupe el sitio de su alma; dicho de·otro modo, concedería al sujeto aniquilado un lugar donde su sujetidad pudiera resurgir de la nada y adquirir existencia. Y esto no tendría ninguna gravedad puesto que el amado, en calidad de sujeto, ya se había sustituido en el alma del otro: aunque le devuelva un alma, le queda otra. «A» se ha transformado en «B», «B» se ha transformado en «A», y todo el mundo está satisfecho.

Se trata de una dialéctica bastante rebuscada y, pensándolo bien, bastante materialista. Pero, al mismo tiempo, está muy cerca de la dialéctica animus-anima característica de la psicología analítica de C. G. Jung" que considera la relación entre sexos en términos de dominación consciente de uno, compensada por una sujeción del mismo en el inconsciente. Las metáforas pueden variar pero el esquema general sigue siendo el mismo: transferido a «B», «A» se quiere a sí mismo, y viceversa. Las relaciones hetero-eróticas son, en el fondo, según Ficino, una forma de narcisismo. Cuando el objeto que ha sustituido al sujeto le niega a este último la posibilidad de amarse a sí mismo, quitándole el espejo pneumático sin el cual queda prácticamente reducido al no-existir, se puede decir que el amado es el asesino de su amante. Después de llamar desesperadamente a la puerta de los ojos del otro, este Narciso perecerá por serle denegado el acceso a la superficie lisa de un espíritu donde pudiera reflejarse.

Un Narciso sin espejo es una contradicción en los términos. Por esto, el significado de la locución espejo mortal no se refiere al aparato pneumático del otro sino al del sujeto mismo. Demasiado imprudente, por haber acogido al fantasma devorador, la imaginación del sujeto lo ha echado de su propia casa, enviándolo a pasear por los caminos de la nada, allá donde los cuerpos no tienen sombra y los espejos sólo pueden reflejar la nada.




La psicología empírica de Ficino y sus orígenes La psicología empírica de Ficino y sus orígenes Reviewed by Yerko Isasmendi on 18:41:00 Rating: 5

No hay comentarios:

Con la tecnología de Blogger.