La espiritualidad del monacato y del desierto

El tema intenta conectar con los orígenes de la vida religiosa, una forma peculiar de ser cristianos. Las fuentes, que en el período anterior nos hablaban del martirio, de la virginidad, etc., ahora se refieren a una institución nueva con su propia terminología: monje, monacato, ermitaño, cenobita, yermo, reglas monásticas, ascetas, etc. No interesa en una historia de la espiritualidad seguir el desarrollo histórico de esas instituciones, sino penetrar en el interior de los cenobios y eremitorios para sorprender al monje, al ermitaño y ver cómo vive «su vida espiritual». 

Nacimiento del monacato

Antes de configurarse como «espiritualidad», el monacato tiene que definir su identidad. Las preguntas se precipitan en cascada: ¿Es un movimiento originario del cristianismo? ¿Es copia de instituciones preexistentes en religiones y filosofías anteriores? ¿Qué iban a buscar los cristianos para vivir en comunidad abandonando el mundo? ¿Qué sentido tiene la «huida del mundo»? ¿Existe una espiritualidad «monástica», propia del monacato? ¿Qué piensan los monjes de sí mismos como cristianos?

Estas preguntas son algunas de las muchas que se pueden hacer y que, respondidas, nos ayudan a entender el monacato y su espiritualidad.

Hoy no se puede afirmar que el monacato sea un fenómeno exclusivo del cristianismo. Antes de Cristo se ha desarrollado en otras religiones y filosofías (budismo, esenios, pitagóricos ... ) un fenómeno parecido, algo inherente a ellos. En la comunidad de creyentes, surge espontáneamente un grupo de fieles que quiere vivir con más intensidad la ideología, la religión.

También es cierto que , según esa regla de sociología religiosa, el monacato cristiano es un producto autóctono, no depende de formas monacales preexistentes, ni nace en un punto originario y se expande del centro a la periferia, sino que brota simultáneamente en puntos geográficos dispares. Varían las formas, pero la esencia es idéntica.

La «espiritualidad monástica»

Supuesta la realidad histórica, ¿existe una «espiritualidad monástica»? ¿Es una espiritualidad elitísta, un monopolio de «santos», de «elegidos», como pretendieron las sectas gnósticas heterodoxas?

Se repite con frecuencia que durante muchos siglos la espiritualidad del pueblo cristiano (los laicos) ha sido una trasposición, una copia del modelo clerical monástico, que se incubó en la Iglesia primitiva (en este período que estamos historiando) y se transmitió a la Edad Media.

Esta afirmación es verdadera , pero no es tan aberrante como a primera vista pudiera parecer explicada en sus orígenes. Es anacrónico presentarla como acusación.

a) La LLamada
Para entender el sentido de esa vida tenemos que analizar los motivos que tuvieron los cristianos de los siglos III y IV para huir al desierto. El problema de base es el de la vocación. El monje no se considera un monopolizador de espiritualidad ni carismáticamente llamado, sino que cree ser un cristiano normal, coherente con la gracia del bautismo. Se siente fundamentalmente llamado al bautismo; la vida monástica será un lugar, una institución donde vivir la gracia bautismal, una posibilidad entre otras, considerada por él más adecuada que otras (por ejemplo, la vida de familia en la ciudad, la vida de trabajo en la sociedad, etc.). No se compara con los demás cristianos, no se considera mejor que los que se quedan en el mundo. Esta es una idea que nacerá muy tardíamente.

b) La respuesta. Motivaciones
Los motivos que tuvieron los monjes para huir al desierto, a los monasterios, son muchos y complejos.

Algunos se hicieron monjes para evitar una situación social y económica desfavorable: la servidumbre, las deudas, la sujección a los padres, la «cólera de una mujer»(l). No es probable que fuese frecuente.

- Las fuentes recuerdan otra motivación más razonable: huida al desierto como protesta en un tiempo en que la vida cristiana se estaba desvirtuando, relajando, debido al proteccionismo estatal de la Iglesia.

- Algunos hablan también de la huida de las ciudades a los desiertos en tiempos de las persecuciones. Así interpreta Jerónimo la vocación eremítica de Pablo de Tebas, que se refugió en el desierto en tiempos de la persecución de Decio (hacia el 250).

- Otros aluden al monacato como un sucedáneo del martirio al desaparecer éste en tiempos de paz. Los monjes y solitarios vieron la posibilidad de un martirio cotidiano en la vida monástica y eremítica.

- Ciertamente, como ya dije, el monacato está inviscerado en la esencia del ser cristiano. Así, aunque los primeros monjes buscaron modelos en el Antiguo y Nuevo Testamento, desde Adán, Abrahán, Isaac, Elías, Eliseo, Juan Bautista, etc., personajes que tuvieron familiaridad con Dios o se refugiaron en el desierto, lo que justifica en el cristianismo el nacimiento del monacato es la persona de Jesús, su «seguimiento», como camino para ser perfectos.

En la Vita Anthonii, que escribe San Atanasia, considerado por él como el primer monje, da el autor la clave para interpretar esa compleja sucesión de móviles: Antonio se propuso «vivir el Evangelio según toda su exigencia de pureza y renuncia, de pureza y desprendimiento. No se alejó de los hombres sino para buscar a Dios con un corazón libre» (2).

En consecuencia, una cierta marginalidad y sentimiento utópico son vividos por los primeros monjes, pero detrás de todo está la búsqueda de Dios, el encuentro con Cristo, con su Evangelio, como camino de perfección cristiana.

c) Configuración de una espiritualidad
La pregunta que hacíamos antes: ¿existe una espiritualidad «monástica»?, tiene una respuesta, sí, pero idéntica a la espiritualidad «cristiana». Por eso no es extraño que no se escribieran obras de espiritualidad distintas para monjes y para cristianos en el mundo. La vocación era única: la cristiana. Los monjes la viven en unas situaciones sociales diferentes, en unas instituciones nuevas , prácticas ascéticas especiales, etc. Pero las grandes exigencias evangélicas son idénticas, las necesarias para generar el «hombre nuevo» .

Este programa «cristiano» que viven los monjes es el trazado por los grandes teóricos, padres del monacato, el que marca el Evangelio. Quizá la novedad está en los medios escogidos. «El monje primitivo no aparece de ningún modo como un "especialista"; su vocación no es una vocación especial, considerada por él mismo o por los otros más o menos excepcional. El monje no es más que un cristiano, y más exactamente un piadoso laico, que se limita a utilizar los medios más radicales para que su cristianismo sea integral» (3). Si alguno se consideró especialmente elegido, perfecto, no pertenece a la tradición auténticamente monástica, sino más bien a alguna secta herética.

Los monjes se apropian de aquellos términos que originariamente significaban lo cristiano: hermanos, santos, cristianos, lo cual significaba que la vida cristiana había dejado de practicarse en serio fuera de los ambientes monásticos. Lo mismo digamos de los temas espirituales, que inicialmente se aplicaban a los monjes, como, por ejemplo, el tema de la milicia espiritual, vida angélica, vida del paraíso, segundo bautismo, martirio espiritual, vida apostólica, etc.

No era una usurpación, sino un corrimiento peligroso que después generaría el concepto de «vida religiosa» igual a estado de perfección, como si la simple vida cristiana no lo fuera. Los primitivos monjes han expresado en anécdotas deliciosas la creencia de que ellos no son los especialistas de la santidad, ni siquiera los mejores del pueblo.

Así cuenta Rufino, en la Historia monachorum in Aegypto , que el abad Panucio pidió a Dios a qué grado de santidad había llegado y Dios le respondió en tres ocasiones diferentes que el mismo que un músico del pueblo, que el alcalde y que un negociante, y concluye la lección de humildad: «No hay ningún estado de vida en el que no se puedan encontrar almas fieles a Dios, y que hacen en secreto lo que a El le agrada» (4).

Lo que todo esto demuestra -y un ejemplo ilustre es la predicación de San Juan Crisóstomo-- es que no había dos vocaciones diversas, dos caminos de santidad en sentido riguroso, una para los monjes y otra para los laicos, sino que la perfección es única: la del Evangelio. Los monjes son los que se han mantenido fieles al ideal evangélico y para ello habían tenido que rodearlo de estructuras. No obstante, un grave riesgo amenazaba la espiritualidad cristiana: considerar a los monjes -y sólo ellos- constituidos en un «estado de perfección». Fundamento literario de esta tesis puede encontrarse en el anónimo autor del Liber Graduum, serie de homilías escritas en torno al año 400, afiliado a ambientes un tanto heterodoxos, cuya mentalidad fue filtrándose en la ortodoxia católica y ha perdurado durante siglos: los que abandonan el mundo son los perfectos; los demás cristianos son justos (5).

Además lo peligroso del caso -atribuir mayor perfección al estado monacal- es que esa perfección llevaba adjunta la fuga mundi y otras negaciones: del cuerpo, de la carne, de la acción, hasta casi llegar al «sólo Dios basta», entendido en un sentido demasiado restrictivo. Quizá el historiador Pablo Orosio, que escribía al principio del siglo v, nos da la pauta al definirnos a los monjes como «cristianos que se entregan a la única obra de la fe, después de renunciar a la múltiple acción de las cosas seculares» (6). Y en uno de los Apotegmata Patrum dice el abad Macario: «El monje se llama monje porque noche y día conversa con Dios, no ocupa la imaginación más que en cosas de Dios y no posee nada sobre la tierra» (7).

Sentido de la espiritualidad del desierto

El desierto es lugar geográfico y una actitud anímica. Como lugar está lleno de sugerencias y resonancias bíblicas. Forma parte de la historia de la salvación . El «Desierto», para el pueblo de Israel , evoca el lugar de encuentro con Yahvé salvador, donde se manifiestan las mirabilia Dei. Lugar sin ningún arrimo temporal, donde el pueblo confía sólo en Dios. Por los acontecimientos histórico-salvíficos, no sólo por deducciones psicosociales, el desierto ha sido un obligado lugar de referencia en la historia de la ascesis cristiana y por supuesto en la historia del monacato. Existe una «espiritualidad del desierto» con apoyo de la Sagrada Escritura redescubierta por los primeros monjes.

Además de la soledad, el silencio, la segregación del mundo, la facilidad para la contemplación (cosas evidentes), el monje cristiano iba a buscar al desierto la familiaridad con Dios. Esta idea ya la expresó el profeta Oseas (2, 16). Pero curiosamente, y apoyándose en el Nuevo Testamento, en el ejemplo de Jesús que se retiró al desierto para ser tentado por el demonio (Mt. 4,1-11), el monje va al desierto con esa misma finalidad . Esta idea es nueva y de gran trascendencia. La Vida de San Antonio, primer ermitaño y primera formulación literaria de la vida monacal escrita por San Atanasio, explicita no sólo unos hechos históricos, sino una teología y espiritualidad del desierto.

El desierto, lugar estéril por antonomasia, era considerado como el hábitat de los demonios, lugar de castigo del pecado humano. Por eso el ermitaño, huyendo al desierto desde el mundo, proclama con la fuerza de los gestos que quiere combatir, con la fuerza de la gracia y la ayuda de Cristo, las fuerzas del mal personificadas en el diablo. La Vita Anthonii no es un libro de historia, sino de teología, una cristología, una antropología teológica. La Vita narra con todo lujo de detalles las insinuaciones, las agresiones diabólicas(8), y la victoria de Antonio significa que Cristo es superior a Satanás; que el hombre, con la ayuda de la gracia, la ascesis rigurosa, la fe, la oración, la caridad, vence todas las insidias del demonio. El cristiano tiene armas suficientes para vencer al mal que está dentro de sí y al que adviene del exterior. Cristo vence al demonio en San Antonio(9) y en todos los cristianos.

Quizá, pasando adelante en la interpretación de los hechos narrados, haya que ver en la lucha externa un símbolo de lo que acontecede en el desierto interior del corazón humano, en su conciencia y subconsciente; la lucha entre el bien y el mal que en el cristiano, que se fía de la gracia de Cristo, se resuelve favorablemente.

Estos relatos, con su carga simbólica y mítica, tienen un valor teológico y al mismo tiempo psicoanalítico. Por eso el silencio y la soledad pueden ser aliados valiosos para un descubrimiento del hombre en profundidad . Allí, en el silencio del corazón, en la soledad física, Cristo puede revelarnos el misterio de la iniquidad que llevamos dentro para resolverlo positivamente. De ello habla L. Bouyer, quien concluye: "Visto a esa luz, que es la suya, las rarezas demoníacas del antiguo monaquismo no deben confundirnos ni engañarnos. No son más que la traducción por la imaginación popular de una verdad de fe, que es ciertamente una de las más profundas del Evangelio»(10).



Daniel de Pablo Maroto



Notas
1) Todas ellas recordadas por Filoxeno de Magburg. En García M. COLOMBÁS, El monacato primitivo, 1, Madrid, Edica, 1974, p. 37. Remite a las Homilías, 3. Se. 44. pp. 84-85.
2) «Vita Anthonii", en COLOMBÁS, 1, p. 38.
3) Louis BOUYER, «La spiritualité du Nouveau Testament et de Peres», en Histoire de la spiritualité, 1, París , Aubier, 1960, pp. 383-385.
4) ML, 21, p. 391.
5) En COLOMBÁS, 1. e., n, pp. 13-17, 44-51. pag 5
6) Historia adversus paganos, 7. p. 3. CSEL, 5, pp. 115-116. En COLOMBÁS, 1. e., 11 , p. 21.
7) En COLOMBÁS,I. e. , 11 , p. 19. Otros textos más claros, ib. , pp. 20-21. Puede leerse todo lo tratado en ib. , 11, pp. 3-27.
8) PG, 26, pp. 846-847,850, etc.
9) lb., col. 85!.
10) «La spiritualité du Nouvean Testament et de Peres», pp. 378-380.


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