La Sabiduría Griega (Diónisos)- II Parte

Podemos abordar ahora este mismo tema desde otra perspectiva, considerando no al propio dios, en sí mismo,sino su ritual. En las danzas sagradas en honor de Artemis, dada su condición de diosa de la fecundidad, se hacía referencia explícita a actos sexuales. En cambio, por lo que toca al culto orgiástico de Diónisos. carecemos de una documentación análoga. Las bacantes rechazan obstinadamente cualquier tipo de relación sexual, y logran salir siempre incólumes de los violentos ataques de los sátiros y de los hombres. Testimonio fiel de esa actitud es el arte figurativo, particularmente las figuraciones pictóricas de las ánforas y de los recipientes cúlticos. Por consiguiente, no sólo no se puede considerar a Diónisos como dios de la fecundidad —contra lo que pensaba Nietzsche —. sino que incluso el propio dios evita que sus seguidores, presa del frenesí báquico, lleguen a consumar el deseo de sus instintos. Frente a estos datos, no se puede atribuir la castidad de las bacantes al mero carácter sacro de sus rituales mistéricos.

Por lo demás, el cuadro descriptivo del culto orgiástico de Diónisos que nos traza Eurípides en Las Bacantes es una indicación bien clara —y tan insistente que no deja lugar a dudas de interpretación— de que precisamente aquí se, abre un biato radical, que alude a la naturaleza intrínsecamente contradictoria de Diónisos. Pero lo que Diónisos ha mantenido separado, Penteo quiere mezclarlo y confundirlo. Por· eso, acusa a las bacantes de lujuria desenfrenada. Pero la cólera del dios lo aniquila, en castigo por su atrevimiento impío y mentiroso. Las calumnias de Penteo son buena prueba de su irreligiosidad. Y para los espectadores de la tragedia eso tenía que resultar evidente, porque conocían
muy bien la naturaleza de Diónisos: el culto dionisíaco tiene ese matiz particular, como el de Artemisa podía tener una estructura diametralmente contraria.

Esta separación del ámbito de la sexualidad, que ocurre precisamente cuando la vehemencia instintiva llega a su culmen en la ruptura del éxtasis., ese desdén, ese. disgusto agresivo provocado por el frenesí dionisíaco se puede considerar también como una repentina y desgarradora intuición pesimista sobre la vida. Esta experiencia producirá una serie de ondas concéntricas. La repercusión que, en el Diónisos órfico, se manifestará en mitos agobiantes y en prácticas de vida ascética, diverge en sus manifestaciones, distanciándose de la que aquí, en el culto orgiástico, se revela como violencia en la furia homicida de las bacantes contra cualquier tipo de agresión por parte del macho. Pero en el momento del éxtasis, el elemento sexual no es más que un mero componente. Y, por lo general, las contradicciones de Diónisos se difuminan y se funden en un goce simultáneo de los contrarios. La avidez despiadada de matar y devorar la presa es, al mismo tiempo, desvalida ternura: «Dulce en las montañas, cuando ... cae a tierra ... sediento de sangre, ... ansioso de degustar carne fresca». Y esa misma coincidencia de opuestos vuelve a aparecer en una variante órfica, que también nos transmite Eurípides, donde la homofagia encierra, al mismo tiempo, un disgusto por todo lo que tiene vida: «... participando en ... los banquetes de carne cruda ... vestido con una túnica blanquísima, esquivo el nacimiento de los mortales ... me abstengo de comer manjares que en un tiempo tuvieron vida».

En Las Bacantes, el aspecto arcaico de un Diónisos cruel y vengativo desaparece completamente y se trasfiere a las ménades, presas de la exaltación báquica. Según Eurípides, Diónisos se presenta como «extranjero de formas femeninas» y «exhalando perfume de los rubios rizos de su cabellera»; o, en expresión de Esquilo, como «un jovencito afeminado». Es ésta una nueva contradicción, tal vez más
misteriosa que las precedentes(1). Diónisos aparece simultáneamente como masculino y femenino, y la tradición órfica conservará ese mismo tema en el hermafroditismo de Fanes. No cabe duda que esta contradicción se funde con otras, puesto que Diónisos es «de formas cambiantes». Por eso, junto al jovencito afeminado podemos encontrar al dios de larga barba y de porte majestuoso que nos pintan las ánforas, o al niño que aparece constantemente en las representaciones órfico-eleusinas. Pero, en sí misma, esa antítesis macho-hembra tal vez deba referirse a la inversión que acabamos de señalar: la violencia se transfiere a la mujer, mientras que la ternura y la delicadeza —e incluso la rendición— recaen en el elemento varonil, lo que, en estas figuraciones de dulzura, favorece la superación cognoscitiva, mientras destruye completamente el paroxismo de la pasión animalesca. Para subrayar esa separación pesimista de la plenitud vital se escoge a la mujer —en la que, por naturaleza, esa plenitud adquiere su exaltación suprema— con una carga inversa de agresividad destructiva. Por lo demás, así lo pide la propia naturaleza lúdica inherente a Diónisos en toda su profundidad. El que desata la pasión sexual se esconde detrás de los rizos de una cabellera rubia, puesto que su indicación suprema no puede ser la de la pura necesidad del instinto animalesco. La tradición órfico-eleusina lleva al extremo esta figuración de Diónisos, que no consiste en la ambigüedad del jovencito afeminado, sino —de manera totalmente unilateral— en el niño inocente, inerme, víctima de la violencia titánica. Su deseo no tiende a la apropiación, sino que se agota en el instante, en lo casual, en la mera visión, en una palabra, en el juego. Por eso, los símbolos órficos en los que se encarna son muñecas y juguetes.

Sin embargo, en el culto orgiástico, la ambigüedad de Diónisos es de una radicalidad absoluta, sin limitarse exclusivamente a la esfera sexual: Diónisos, mientras juega, mata: con rostro de mujer, ríe y, al mismo tiempo, destruye: «Ven, Baco, y al cazador de bacantes, tú, con cara sonriente, échale un lazo mortal, porque irrumpió en el tropel de las ménades»


Giorgo Colli

Parte I...


Notas
1) A este propósito, no parece muy convincente la tesis de Bachofen, según la cual el hermafroditismo de Diónisos implica una alusión al triunfo de la virilidad fálica sobre la mujer y a la consiguiente humillación del hombre que. después de haber sometido a la mujer, se ve derrotado por ella en su mismo terreno.







La Sabiduría Griega (Diónisos)- II Parte La Sabiduría Griega (Diónisos)- II Parte Reviewed by Yerko Isasmendi on 16:29:00 Rating: 5

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