El sufismo en la Turquía republicana (1923‑1993)


Abolición de las cofradías místicas (1925) y supervivencia del sufismo en la clandestinidad

Poco después de que Kemal Ataturk proclamara la república turca (1923), hubo una sublevación dirigida por un jefe de cofradía, el Sheij Said, en el este del país. Esto y la hostilidad de algunas cofradías llevaron al jefe del estado y a su gobierno a suprimir las órdenes derviches en 1925, y a confiscar todos sus bienes (tierras, edificios, objetos de arte religiosos, bibliotecas, etc.). No cabe duda de que esta decisión tuvo importantes consecuencias para la cultura turca. Puso el punto final al desarrollo de un saber que las cofradías sufíes habían cultivado durante siglos: literatura, música, caligrafía, etc. Esta medida formaba parte de un paquete de leyes destinadas a convertir Turquía en un estado laico. En los años siguientes la política del país frente al Islam se caracterizó por su severidad (ahorcamientos, encarcelamientos, etc.), y hasta los años cincuenta no se empezó a aplicar una política más liberal con la religión. Conviene hacer una precisión: el mundo urbano padeció mucho más que el campo la política anti-religiosa, por lo que el éxodo rural iniciado en los años sesenta tuvo como consecuencia el resurgimiento del Islam en las grandes ciudades turcas, como Estambul, Ankara e Izmir (Esmirna).

Las cofradías religiosas desempeñaron un papel importante en este renacer, pero los treinta años de persecuciones del régimen kemalista contra ellas han dejado huellas indelebles. Varias de las grandes cofradías otomanas han desaparecido, como el bektashismo y la orden de los derviches girantes (Mevleviye), y otras órdenes menores, como los shadhilíes y los saadíes. Los últimos grandes maestros del bektashísmo y de la Mevleviye huyeron a Albania y Siria, donde sus órdenes aún estaban autorizadas, aunque no por mucho tiempo. Las cofradías que lograron mantenerse, muy mermadas y en la clandestinidad, fueron las que siempre habían estado muy vinculadas al Islam, como la Naqshbandiya y, en menor medida, la Halvetiye (Jalwatiya), o las que estaban sólidamente implantadas en Anatolia, como la Rufaiye (Rifaiya) y la Kadiriye (Qadiriya). Pero la más activa de todas fue, sin duda alguna, la Nakshibendiye (Naqshbandiya), que desde 1925 hasta hoy se ha erigido en defensora de la religión islámica. Los adeptos a esta orden estuvieron detrás de las principales insurrecciones o desórdenes religiosos de las primeras décadas de la república. Entre ellos destacan los de Menemen, en 1930, que causaron la muerte en prisión de un gran Sheij otomano, Esat Efendi; los del llamamiento a la oración de Bursa en 1933, etc. Hasta los años cincuenta los sufíes que practicaban letanías en común (dhikr) de todas las cofradías en la mayoría de las ciudades turcas eran detenidos.

El caso más interesante de resistencia a esta persecución religiosa es el de una rama de la Nakshibendiye que salió de la clandestinidad en Estambul durante los años sesenta, y a partir de 1980 ha experimentado un renacimiento espectacular. En la época kemalista la orden pudo sobrevivir, después de la clausura y demolición de las zawiyas, gracias a la red de las mezquitas. Se camufló en el islam oficial. Esta rama de la Nakshibendiye, que se extendió a todo el país y a la emigración turca en Alemania, pretende ser la continuadora de la actividad de la antigua y prestigiosa zawiyaotomana (tekke) de Ziyauddin Gumushhanevi, que lleva el nombre de su Sheij fundador (muerto en 1893). Su éxito es debido a la fuerte personalidad y el carisma de uno de sus Sheijs, Mehmed Zahid Kotku (muerto en 1980), una de las principales figuras del sufismo contemporáneo. El comentario de los escritos místicos se hacía a la sombra de las mezquitas, a veces en antiguos tekke, pero siempre con la mayor discreción, en reuniones llamadas sobhet, para distinguirlas de otras reuniones profanas. La ventaja del «dhikr silencioso» de los naqshbandíes era que se podía practicar sin llamar la atención, otro elemento que explica el éxito de esta orden en la clandestinidad. En Estambul las zawiyas de las otras órdenes reaparecieron tímidamente en los años cincuenta, señal de que sus Sheijs habían logrado mantener una cohesión mínima a su alrededor, pese a la prohibición: se trata de los rufaíes de Kasimpacha y Piyade, los halvetíes‑yerrahíes de Karagumurk (Fatih) y los qadiríes de Tofán. Sus zawiyas funcionan hoy normalmente.

No conocemos bien cuál fue la situación rural en Anatolia, pero sabemos que aquí el régimen kemalista no pudo llegar tan lejos como en las ciudades. Prueba de ello es la situación actual. En las principales regiones (sobre todo en la kurda, donde el sistema de las cofradías siempre estuvo integrado en el modo de vida tribal) existen las órdenes qadirí y rufaí, con una implantación considerable. Los actuales jefes kurdos, Barzanyí, Talabani y Barzani, pertenecen a los linajes sufíes qadirí y naqshbandí. La Rufaiye está implantada tradicionalmente entre los turcos arabófonos del sur. También hay bolsas de qadiríes a orillas del mar Negro, hasta las fronteras del Cáucaso. Pero la cofradía más difundida en Anatolia sigue siendo la Nakshibendiye.

Salida a la superficie en los años cincuenta y acción política, social y cultural

La salida a la superficie de las cofradías de Estambul a partir de los años cincuenta, y sobre todo después de 1980, fue una de las consecuencias de las medidas de flexibilidad con el islam tomadas en 1949 por el Partido Demócrata. Sin embargo, en virtud de una de las leyes fundamentales de la república, las cofradías seguían estando oficialmente prohibidas en Turquía. Gracias al acuerdo tácito de ciertos gobiernos y, a partir de 1979-80, por medio de sociedades tapadera como las vakif(waqf, bienes inalienables), una variante de nuestro sistema de asociaciones, las ordenes místicas pudieron funcionar como asociaciones benéficas. Fue así como la cofradía de los halvetíes‑yerrahíes pasó a ser llamada oficialmente en 1981"asociación para la investigación y conservación de la música sufí turca y del folclore", y la rama nakshibendí de Zahid Kotku, en ese mismo año, "asociación para la educación, la ayuda mutua y la amistad".

La Nakshibendiye (Naqshbandiya) de Estambul entró en una nueva etapa bajo la dirección espiritual de Mehmed Zahid Kotku, iniciado en esta orden durante la época otomana. Sus discípulos se reunían primero en la mezquita donde Kotku era imam, que se encontraba cerca del Cuerno de Oro (Ummu Gulsum). Luego la cofradía se trasladó a la mezquita de Iskender Bajá, en Fatih, que se convirtió en el cuartel general de la orden y la sede de sus principales actividades espirituales, educativas, sociales y editoriales. Tras la muerte de Kotku en 1980 la dirección de la orden pasó a su yerno, Esat Coshan, profesor de la Facultad de Teología, que sigue al frente de ella. Desde que salió de la clandestinidad, la orden ha atraído a un número creciente de intelectuales musulmanes, políticos y hombres de negocios. A través de sus miembros ha tenido un papel destacado en la reislamización de la sociedad turca. Se considera que una de sus formas de exteriorización es el Partido de Salvación Nacional (Milli Selamet Partisi), primer partido islámico turco, fundado por Necmuddin Erkaban. Hoy encontramos muchos nakshibendíes en el Partido de la Prosperidad (Refah Patlisi), heredero del anterior, y en el de la Madre Patria (Anavatan Partisi), fundado por Turgut Ozal. Después de 1973 el Partido de Salvación Nacional participó en dos gobiernos de coalición, lo cual le permitió acelerar su política religiosa, pero también favoreció el desarrollo industrial y económico del país. Para Kotku el desarrollo económico y la moral islámica estaban íntimamente unidos, porque Turquía sólo podría liberarse del mercado occidental y los valores filosófico‑morales exportados por él si desarrollaba su propia economía. A través de la familia Ozal, muy vinculada a Kotku, de la que han salido un presidente de la república y varios hombres de negocios influyentes, la cofradía se ha implantado sólidamente en los círculos del poder. Turgut Ozal siempre expresó su adhesión y respeto al sufismo durante sus viajes a las nuevas repúblicas de los Balcanes y de Asia central. En 1993 fue recibido por los derviches halvetíes de Ohrid, Macedonia, y por el Sheij del mausoleo de Bahauddin Nakshbend, de Bujara, en abril del mismo año.

Las cofradías sufíes funcionan también como organizaciones de ayuda mutua y solidaridad (ayuda a los parados, acogida de emigrantes procedentes de Anatolia), estructuras de educación e instrucción (colegios, becas de estudios y de investigación), y centros de cultura e investigación (publicaciones, congresos), La rama Nakshibendiye dirigida por Esat Coshan es la que despliega una actividad más intensa en todos estos campos. Posee una editorial, y publica varias revistas mensuales de gran tirada. Los libros que publica abarcan todos los ámbitos de la espiritualidad, la moral y el saber: tratados de ética, de teología, de mística, obras históricas, de actualidad, tesis, etc. Debido a su interés por el islam, su civilización y su historia, esta cofradía ha tratado de reintroducir con sus publicaciones ciertos aspectos de la cultura otomana que el kemalismo había borrado. Varias obras literarias, religiosas o místicas otomanas se han traducido de la lengua otomana al turco moderno, para hacerlas accesibles. Esta vuelta a los valores otomanos contribuye a la reislamización emprendida por esta cofradía.

Grandes figuras místicas: ¿cuál es su herencia espiritual?

En un texto tan breve no es posible hablar de todos los autores místicos de la Turquía republicana. Nos limitaremos a los más importantes, y a los que influyen todavía en los sufíes de hoy.

Abdulhakim Arvasi, un Sheij nakshibendí, muerto en 1943, fue detenido varios días en 1930 a raíz de los sucesos de Menemen. Conocemos muy bien su vida y su pensamiento, porque uno de sus discípulos, Necip Fazil Kisakurek, notable representante de la literatura y la poesía religiosa de las últimas décadas, le dedicó una obra y editó textos suyos, así como notas tomadas después de sesiones místicas. Sus enseñanzas dedicaban una parte importante a la lectura de las obras de al‑Ghazali, un teólogo sufí prestigioso en todo el mundo árabe, y a las Cartas (Maktubat) de Ahmad Sirhindi, un gran naqshbandí indio. Otro naqshbandí, Sami Ramazanoglu, vivió como un ermitaño en su casa de Estambul y murió en Medina, Arabia Saudí, en 1984. Dejó seis volúmenes de comentarios del Corán, e impartió su enseñanza mística sobre todo de forma oral. Discípulo del mencionado Esat Efendi, formó grupos de alumnos en Estambul, Siria y Bosnia. En Turquía también encontramos miembros de la misma cofradía que huyeron del Cáucaso a causa de las persecuciones soviéticas y se instalaron en Oriente Próximo, en algunas ciudades de Anatolia y alrededor de Bursa. Entre ellos podemos citar a Nazim Kibrisi, discípulo de Abdullah Daghestani, de Damasco (que a su vez lo era de Sherafeddin Zeynelabidin). Nazim Kibrisi influyó en los conversos anglosajones, y muchas de sus obras se han publicado en Londres.

Entre los adeptos a la cofradía halvetí, oriundos de Azerbaiyán, se encuentra Muzaffer Ozak, que ha dejado huella en la zawiya de esta orden situado en Karagumruk (barrio de Fatih, Estambul), una orden famosa por su grupo de músicos y sus danzas (que se han presentado varias veces fuera de Turquía). Muzaffar Ozak, un librero de viejo de Estambul, ha escrito libros sobre las costumbres de su cofradía, en particular sobre la danza "en cadena" que no se parece nada a la de los derviches girantes. En Turquía hay numerosos qadiríes, pero en las ciudades no son tan influyentes como los nakshibendíes o los halvetíes. Se encuentran sobre todo en Kurdistán y en Trabzon, a la orilla del mar Negro. En Estambul hay un reducido grupo dirigido por el Sheij Misbah Efendi, descendiente de Ismail Rumi, un santo qadiril del siglo XVI. Practican el dhikr de pie y cantan poesías místicas de un rico repertorio. Se reúnen a diario, como hace cuatro siglos, en su viejo zawiya del barrio de Tofán.

La principal figura del sufismo turco contemporáneo es, sin embargo, Mehmed Kotku, del que desciende la poderosa rama nakshibendí antes mencionada. El poder de esta orden sufí no es sólo temporal, como hemos visto, sino también espiritual. La historia nos enseña que la Nakshibendiye es una de las pocas cofradías que ha logrado conservar en Turquía la «práctica ascético-social» y la enseñanza doctrinal de la mística. Esta observación es importante, porque si bien los turcos que hoy son adeptos al bektashismo y a la Mevleviye han mantenido a veces «ciertos» elementos filosóficos o artísticos (la danza, la música) de estas tradiciones místicas, no conservan nada de su dimensión social (la vida de zawiya), con toda su estructura ascética. Me refiero, por ejemplo, al retiro de los mil y un días de la Mevleviye, o al sistema de celibato del bektashismo, o al retiro (halvet) de los halvetíes, que son elementos esenciales en la formación del "verdadero" mevleví, el "verdadero" bektashí y el "verdadero" halvetí, y se han perdido.

Dicho en pocas palabras, es en Anatolia donde podemos hallar órdenes místicas que han mantenido su dimensión espiritual y práctica, así como en el mundo urbano con los nakshibendíes. No obstante, en 1925 un grupo de intelectuales musulmanes y Sheijs consideraron que la supresión de la estructura en la que se basaba la cofradía, que en turco se llama tekke (zawiya), no debía ser un obstáculo importante para la supervivencia del sufismo. Esto es comprensible tratándose de una orden como la de los melamíes de la rama de Nur al‑Arabi, en la que el zawiya nunca ocupó un lugar destacado. Los melamíes se reunían más bien en casas particulares, por lo que su tradición no ha sufrido mucho en la época republicana, pero hoy día no pasa de ser una filosofía mística. En cambio, la enseñanza mística mevleví y bektashí difícilmente puede prescindir del zawiya, porque éste condiciona el buen desarrollo de los ejercicios ascéticos que hemos descrito antes. El zawiya, como estructura comunitaria, posee además un valor fundamental debido a que en la mayoría de las cofradías turcas no existe el dhikr individual, personal. Ahora bien, ser sufí es ante todo haber recibido del Sheij el secreto de la pronunciación del dhikr, y este dhikrcasi siempre se practica en común y requiere una estructura apropiada... La falta de estructura supone la falta de transmisión y de práctica de lo que sustenta el sufismo, a no ser éste se convierta en un arte o una filosofía, desviación en la que han caído bastantes presuntos sufíes. Algunos turcos, vendedores de sufismo para occidentales ansiosos de misticismo, han sabido explotar el valor mercantil de su producto, y ofrecen a una clientela ingenua e ignorante un género filosófico aderezado con unos sonidos de flauta y unos pasos de danza, un bonito vestido blanco y un elegante gorro de derviche... La Mevleviye (los derviches girantes) es una de las formas del sufismo turco que tiene más émulos entre los occidentales. Pero hoy día se ha convertido en una estructura desnaturalizada, basada en el corpus literario únicamente filosófico (el Mawlana de Yalal ad‑Din Rumi) y en una retahíla de prácticas artístico‑folclóricas. Ya no está ahí la zawiya para coordinar el saber de esta tradición en el marco de una verdadera práctica ascética con sus reglas, sus pruebas, sus sufrimientos y su espiritualidad.

En el extremo opuesto, la Nakshibendiye, que no suele atraer a los occidentales debido a su carácter profundamente islámico y por lo tanto poco «tolerante», en el sentido que tiene esta palabra para la tradición liberal de occidente, es la única cofradía que ha desarrollado una forma de dhikr individual de gran riqueza (llamadodhikr silencioso). Es comprensible que sea tan poco apreciada por los aficionados occidentales a la mística sur, porque rechaza todos los aspectos exteriores y mundanos de la mística, como el baile o la música, y se concentra en la práctica meditativa, la contemplatio dei. Con ello desdeña el interés enfermizo de occidente por todo lo audiovisual y atractivo, sea lo que sea, aunque vaya en detrimento de la verdadera tradición mística del islam. Nuestra cultura moderna incita al color, al sonido, pero no a la introspección. Resulta llamativa la desinformación que impera en nuestros países, causante de la confusión entre el sufismo como arte o folclore y el sufismo como senda espiritual; una desinformación mantenida por los mercaderes de espiritualidad de origen turco, bien instalados en la plaza parisina, o por los músicos occidentales prendados de la música oriental, que han olvidado que la música» más profunda es la voz humana que canta en nuestro interior.

Mehmed Zahid Kotku, dentro de la más pura tradición nakshibendí, describe las técnicas del dhikr silencioso en su obra en cinco volúmenes dedicada a la moral sufí. Hace hincapié en la profundidad de esta práctica originaria de Asia central, introducida en el siglo XVI en el imperio otomano. Esta técnica fue desarrollada más tarde por los derviches de India y llegó hasta Turquía con el místico kurdo mevlana Jalid, que había estudiado durante varios años en Delhi con otros maestros nakshibendíes. El sucesor y yerno de Kotku, Esat Coshan, fiel a la memoria de su suegro, mantiene la cofradía en la senda trazada por aquél. Todos los domingos reúne a los derviches de la orden en la mezquita de Iskender Bajá para celebrarsobhet (reuniones) místicos. Además sigue impulsando activamente la labor de reedición de los clásicos otomanos del sufismo. Sus libros y sus editoriales en las revistas de la orden hacen hincapié en la posición que debe ocupar el sufismo en nuestro mundo moderno. Un acto religioso y científico convocado con motivo del décimo aniversario de la muerte de Zahid Kotku en 1990 reunió Estambul a un grupo de universitarios y a varios cientos de fieles. Es una prueba de que esta rama de la Nakshibendiye ha sabido impartir una enseñanza tanto a la gente humilde como a la gente culta, y se ha granjeado el respeto de simples obreros del campo o la ciudad y de los personajes más poderosos del país.

Epílogo: la reactivación de las organizaciones místicas entre Turquía y Asia central

Desde el derrumbamiento del imperio soviético y la reanudación de los intercambios entre Turquía y las regiones turcófonas de Asia central tras medio siglo de interrupción, el sufismo turco contemporáneo ha tenido por fin la oportunidad de volver a los orígenes de su tradición mística.

Esto concierne en primer lugar a la Nakshibendiye, ya que la tumba del fundador epónimo de la orden, Baha ad‑Din Naqshband, se encuentra en Bujará. Por su parte, los sufíes de Asia central, perseguidos durante más de medio siglo por el régimen comunista, hoy tienen libertad para dedicarse a la práctica mística y cuentan con la ayuda de los nakshibendíes de Turquía que les proporcionan Coránes, obras clásicas del sufismo, etc. Esat Coshan ha nombrado representantes de su orden (halife, Jalifa) en Bujará. Hay, pues, unos vínculos bastante estrechos entre los místicos de Turquía y los de Uzbekistán, y los peregrinos turcos que se dirigen al mausoleo de Baha ad-Din Naqshband cada vez son más numerosos. Los políticos de ambos países parecen satisfechos de esta colaboración, y Turgut Ozal, un mes antes de su muerte en abril de 1993, durante un viaje por todas las repúblicas de Asia central, no olvidó postrarse ante la tumba de Baha ad‑Din Naqshband. Mujtar Han, el imán nakshibendí de la mezquita aneja al mausoleo de Baha ad‑Din Naqshband, ha sido nombrado recientemente director espiritual de los musulmanes de Uzbekistán y Kazajstán. Durante un viaje oficial del presidente uzbeco Islam Kerimov a Ankara en 1991, Mujtar Han, que le acompañaba, se declaró abiertamente nakshibendí ante la prensa turca.

Quizá sea una señal de que el islam de los sufíes se ha ganado el respeto de los regímenes políticos. En Uzbekistán, además, cabe pensar que este Islam, más abierto, es preferido al islam fundamentalista de los grupos wahhabíes. El "año de Ahmed Yesevi", que entre 1991 y 1993 fue motivo de varias manifestaciones culturales en Tatarstán, Kazajstán y Turquía, es el símbolo de esta unión entre las repúblicas de lengua turca en torno al pensamiento de un místico que constituye una herencia común. En todo caso, no cabe duda de que este renacimiento del sufismo y las cofradías, o mejor dicho su salida de la clandestinidad, supone un enriquecimiento espiritual y cultural del islam turco de Turquía y Asia central.


El sufismo en la Turquía republicana (1923‑1993) El sufismo en la Turquía republicana (1923‑1993) Reviewed by Yerko Isasmendi on 18:13:00 Rating: 5

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